| El bien más elevado |
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| Escrito por cct | |
| martes, 18 de marzo de 2008 | |
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Benedicto XVI traza el perfil de los escritores Boecio y Casiodoro
Quisiera hablar hoy de dos escritores eclesiásticos Boecio y Casiodoro, que vivieron en unos de los años más atribulados del Occidente cristiano, en particular, de la península italiana. Odoacro, rey de los hérulos, una etnia germánica, se había rebelado, acabando con el imperio romano de Occidente (año 476), pero muy pronto sucumbió a los ostrogodos de Teodorico, que durante algunos decenios controlaron la península italiana. Boecio
A pesar de esta actividad pública, Boecio no descuidó los estudios, dedicándose en particular a profundizar en los temas de orden filosófico-religioso. Pero escribió también manuales de aritmética, de geometría, de música, de astronomía: todo con la intención de transmitir a las nuevas generaciones, a los nuevos tiempos, la gran cultura grecorromana. En este ámbito, es decir, en el compromiso por promover el encuentro de las culturas, utilizó las categorías de la filosofía griega para proponer la fe cristiana, buscando una síntesis entre el patrimonio helénico-romano y el mensaje evangélico. Precisamente por este motivo, Boecio ha sido calificado como el último representante de la cultura romana antigua y el primero de los intelectuales medievales. Ciertamente su obra más conocida es el «De consolatione philosophiae», que compuso en la cárcel para dar sentido a su injusta detención. Había sido acusado de complot contra el rey Teodorico por haber defendido en un juicio a un amigo, el senador Albino. Pero no se trataba de un pretexto: en realidad, Teodorico, arriano y bárbaro, creía que Boecio simpatizaba por el emperador bizantino Justiniano. Procesado y condenado a muerte, fue ejecutado el 23 de octubre del año 524, cuando sólo tenía 44 años. A causa de su dramática muerte, puede hablar también a partir de su experiencia al hombre contemporáneo y sobre todo a las numerosísimas personas que sufren su misma suerte a causa de la injusticia presente en buena parte de la «justicia humana». En esta obra, en la cárcel, busca consuelo, busca luz, busca sabiduría. Y dice que ha sabido distinguir, precisamente en esta situación, entre los bienes aparentes --en la cárcel éstos desaparecen-- y entre los bienes verdaderos, como la auténtica amistad, que en la cárcel no desaparecen. El bien más elevado es Dios: Boecio aprendió --y nos lo enseña a nosotros-- a no caer en el fatalismo, que apaga la esperanza. Nos enseña que no gobierna el hado, sino la Providencia y ésta tiene un rostro. Con la Providencia se puede hablar, porque la Providencia es Dios. De este modo, incluso en la cárcel, le queda la posibilidad de la oración, del diálogo con Aquel que nos salva. Al mismo tiempo, incluso en esta situación, conserva el sentido de la belleza de la cultura y recuerda la enseñanza de los grandes filósofos antiguos, griegos y romanos, como Platón, Aristóteles --había comenzado a traducir a estos griegos al latín--, Cicerón, Séneca, y también poetas como Tibulo y Virgilio. La filosofía, en el sentido de la búsqueda de la verdadera sabiduría, es, según Boecio, la verdadera medicina del alma (Libro I). Por otra parte, el hombre sólo puede experimentar la auténtica felicidad en la propia interioridad (libro II). Por este motivo, Boecio logra encontrar un sentido al pensar en la propia tragedia personal a la luz de un texto sapiencial del Antiguo Testamento (Sabiduría 7, 30-8, 1) que él cita: «contra la Sabiduría no prevalece la maldad. Se despliega vigorosamente de un confín al otro del mundo y gobierna de excelente manera el universo» (Libro III, 12: PL 63, col. 780). La así llamada prosperidad de los malvados, por tanto, se convierte en mentirosa (libro IV), y manifiesta la naturaleza providencial de la fortuna adversa. Las dificultades de la vida no sólo revelan hasta qué punto ésta es efímera y breve, sino que se demuestran incluso útiles para encontrar y mantener las auténticas relaciones entre los hombres. La fortuna adversa permite, de hecho, distinguir los amigos falsos de los verdaderos y da a entender que no hay nada más precioso para el hombre que una amistad verdadera. Aceptar fatalistamente la condición de sufrimiento es algo totalmente peligroso, añade el creyente Boecio, pues «elimina en su misma raíz la posibilidad misma de la oración y de la esperanza teologal, que constituyen la base de la relación del hombre con Dios» (Libro V, 3: PL 63, col. 842). La peroración final del «De consolatione philosophiae» puede considerarse como una síntesis de toda la enseñanza que Boecio se dirige a sí mismo y a todos los que puedan encontrarse en sus mismas condiciones. En la cárcel escribe: «Luchad, por tanto, contra los vicios, dedicaos a una vida de virtud orientada por la esperanza que eleva el corazón hasta alcanzar el cielo con las oraciones alimentadas de humildad. La imposición que habéis sufrido puede mudarse, si os negáis a mentir, en la ventaja enorme de tener siempre ante los ojos al juez supremo que ve y que sabe cómo son realmente las cosas» (Libro V, 6: PL 63, col. 862). |
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| Modificado el ( martes, 18 de marzo de 2008 ) |
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Boecio, nacido en Roma en torno al año 480, de la noble estirpe de los Anicios, entró siendo todavía joven en la vida pública, alcanzando a los 25 años el cargo de senador. Fiel a la tradición de su familia, se comprometió en política, convencido de que era posible armonizar las líneas fundamentales de la sociedad romana con los valores de los nuevos pueblos. Y en este nuevo tiempo de encuentro de culturas consideró como misión propia reconciliar y unir estas dos culturas, la clásica y romana, con la naciente del pueblo ostrogodo. De este modo, fue muy activo en política, incluso bajo Teodorico, que en los primeros tiempos le estimaba mucho.