| La diplomacia de Juan Pablo II |
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| E-gavetas - Pensamiento | |
| Escrito por J. Navarro Valls | |
| sábado, 12 de abril de 2008 | |
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Pensar en el largo pontificado de Juan Pablo II es pensar en la historia del s. XX, “el siglo breve”, como decía E. Hobsbawn. Este estudioso ha tomado en préstamo de T. H. Elliot la idea de que el mundo “no termina con una explosión tremenda sino con un fastidioso lloriqueo”. Y ya veremos, pues lo que es seguro es que el nuevo milenio empezó ya antes de su inicio y el anterior siglo llevaba mucho tiempo terminado antes de acabar. Después de la II Guerra Mundial hemos visto un equilibrio internacional mantenido relacionado con la división de Europa (Jalta y acuerdos de Postdam en 1947), con EEUU y URSS como potencias enemigas y Europa como el lugar geográfico en que se medían sus contrastes políticos. En la elección de JPII (1978), vemos la venida de una figura misteriosa, proviniente del Este, a la que se confía la guía de la Iglesia hacia el tercer milenio. En la biografía juvenil se mostraba ya su fuerte personalidad junto con la capacidad muy especial de hacer convivir la universalidad del cristianismo con las peculiares condiciones culturales de los pueblos orientales, tantas veces pisadas o acalladas en la historia. En esto radicaba su personalidad excepcional, en efecto, con grandes virtudes humanas y espirituales y, a la vez, una enorme capacidad diplomática, en la que no siempre se ha reparado. Desde los comienzos de mi trabajo en el Vaticano he tenido esta clara impresión; poseía una clara visión global del mundo. No era problema la relación con los regímenes comunistas -¡la práctica y sabia diplomacia vaticana!-, pues JPII pensaba en tomar en serio la peculiaridad de la ideología comunista y marxista en sus relaciones, apreciando el sentido de reforma social que llevaba en sí. Pero la evolución del sentido totalitario del comunismo a partir de 1947 con el Cominform, a semejanza del hegemonismo del Plan Marshall. Recuerdo la firmeza con que en los viajes por los países del Este expresaba lo intolerable que le parecía la división y el desmembramiento de Europa tras la Guerra. Le parecía incompatible con los derechos de las naciones y de los individuos. Europa no era, en su visión, una reunión artificial de tierras sino una “realidad” espiritual que va del Atlántico a los Urales. Era un pueblo homogéneo en su cultura y en su historia, que no casaba bien con el diseño político de división y fractura geográfica. A su modo de ver, esto afectaba a los derechos de las personas y acababa rompiendo la identidad cultural y espiritual de los individuos. Por eso era una injusticia intolerable que denunciaba y que en los encuentros con Gorbachov le parecía hallar eco político. “Es la primera autoridad moral de la tierra, pero es eslavo como nosotros”, decía Gorbachov a su mujer Raisa delante del papa. “Es un hombre de principios”, me dijo de Gorbachov aquella tarde. Desde aquel día los destinos de Europa cambiaron, y el S. XX alteró también su destino de muerte previa, proyectando un futuro más libre, a pesar de los gemidos de Elliot. |
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