El diálogo interior Imprimir E-Mail
Escrito por K. Krajewski   
lunes, 14 de abril de 2008

Sample ImageEl coloquio interior que precedía a todas las misas. En Juan Pablo II la liturgia era comunicación con el misterio cristiano. Conocí al papa en el año 1998 cuando empecé a trabajar en la oficina de las celebraciones litúrgicas del Pontífice.

K. Krajewski, ceremoniere del papa Juan Pablo II

Cuando me tocaba ayudarlo en las celebraciones, junto a P. Marini, me impresionaba lo que ocurría en la sacristía antes y después de las ceremonias. Estábamos solos los dos y el papa se ponía de rodillas, o en los últimos años se quedaba en la silla, y rezaba en silencio. Podía durar esta oración 5, 10, 15 o 20 minutos, incluso más en los viajes apostólicos. Parecía que no estuviera allí, con nosotros. Si se excedía el tiempo de plegaria entraba m. Estanislao, sugiriendo que se tenía que preparar, pero el papa no respondía a esta llamada. Cuando levantaba la mano derecha, nos acercábamos para empezar a vestirlo. Estoy seguro de que antes de hablar a la gente, hablaba a Dios. Antes de representarlo, le pedía ser su imagen viva para la gente. Igual después de la celebración, se ponía de rodillas y oraba, y me daba la impresión de que no nos acompañaba. Cuando entraba el secretario para recordarle que la gente estaba esperando, permanecía igual hasta que nos hacía una señal de empezar a ayudarle. Siempre me impresionaba, y tenía la impresión al tocarle, con la mitra o el pañuelo, de estar con una persona santa y no sólo extraordinaria. En los últimos años, siempre estuve al lado del papa como ayudante estable y veía los sufrimientos y sus dificultades de movimiento. Una vez, viendo lo mal que estaba, le pregunté si podía hacer algo: “¿Puedo ayudarle, algo le hace mal?” Me respondió: “Ya todo me sienta mal, pero debe ser así…”. Estaba seguro de tocar y ayudar a un santo. Me sentía indigno de estar al lado de este hombre y de servirle, y me confesaba antes de cada ceremonia, aunque fueran dos o tres por semana. Así enfadaba a los confesores de la basílica de San Pedro pero me sentía completamente necesitado de limpiarme para estar cerca del Papa. Tras todos estos años a su lado y tantos viajes por el mundo, he llegado a la conclusión de que las millones de personas que participaban en las ceremonias presididas por él se lanzaban a encontrarse con Jesús, que era representado por JPII, y presente en él, en su palabra predicada, en los gestos, y en su disposición litúrgica y mística. Por eso la gente se echaba a llorar. Decía: Me ha hablado, me ha mirado, ha cambiado mi vida… Pero ¿cómo era esto posible si se encontraba a cientos de metros o incluso a kilómetros como pasaba en los viajes? Yo mismo puedo decir que mi vida sacerdotal ha cambiado desde que trabajaba con él. Me gustaría destacar la última celebración del Corpus, presidida por el papa. Ya no podía caminar. Le habíamos alzado con la silla sobre la plataforma que se había preparado para la procesión. Delante del reclinatorio del Papa estaba el ostensorio con el Santísimo. En la procesión se ha dirigido a mí en polaco pidiéndome arrodillarse. Me quedé apurado por la pregunta porque ya no estaba en condiciones físicas de hacerlo. Se lo dije con gran delicadeza, asegurando que la máquina se movía en el recorrido. El Papa respondió con el famoso dulce “murmullo”. Pero un poco después, a la altura del Antonianum, volvió a pedirlo. “Quiero arrodillarme”, y yo le he dicho que sería más prudente hacerlo cerca de Santa María Mayor. De nuevo he oído su “murmullo”. Sin embargo al llegar a los Redentoristas, exclamó en polaco, casi gritando: ¡Está Jesús! Por favor… Ya no podía negárselo. El maestro de ceremonias había sido testigo, nos hemos mirado y sin decir nada hemos empezado ayudarle a ponerse de rodillas. Era muy complicado y casi por el peso ha caído en el reclinatorio. El papa se agarraba al reclinatorio y procuraba no caerse. Pero las rodillas no le sostenían y hemos tenido que volver a sentarlo, con las dificultades físicas y de los ornamentos litúrgicos. Habíamos visto una gran prueba de fe. Aunque el cuerpo no respondía a la llamada interior, la voluntad estaba íntegra y fuerte. A pesar del sufrimiento, mostraba la fuerza interior de la fe que se manifestaba en la voluntad de ponerse de rodillas. Daba igual lo que sugiriéramos. Siempre había mantenido que ante Jesús Sacramentado, hay que ser muy humilde y manifestarlo con el gesto externo. Quiero decir que, a través de mi servicio, yo me he mejorado también como hombre y como sacerdote. Me ha enseñado que el verdadero amigo es aquel por el que yo me vuelvo mejor. Y según esa definición, Juan Pablo II era mi verdadero amigo. Por su ejemplo me he acercado a ese Dios que representaba. He visto en las ceremonias cómo se dedicaba y se gastaba a Dios, y en ello se gastaba totalmente. Cuando ha muerto, haciendo de ceremoniere iba por los pasillos vaticanos, y lloraba. Por primera vez de adulto no me avergonzaban las lágrimas. Lágrimas por mí, porque no era como él, porque no soy un santo sacerdote, porque no me he ofrecido plenamente, porque no soy totus tuus. No me acuerdo de lo que pensaba cuando llevaba el Evangelio ante el féretro sencillo de JPII: Intentaba solo llevarlo con la dignidad del que lleva el libro de su vida. Le pedía a Dios llevarlo en mi vida como lo había hecho él en la suya. Y no cerrarlo jamás. Desde que “ha vuelto a la casa del Padre”, voy a confesar todos los días a la iglesia del Espíritu Santo, en Sassia, a las 3, la hora de la misericordia en la que tanta gente sigue la devoción de la coronilla y hace el via crucis. He sugerido muchas veces a la gente ir a rezar a la tumba del papa: él se superaba siempre, a la hora del sufrimiento, de la palabra que debía emitir o el gesto que esperábamos… Pero muchos me decían: “De allí venimos y por eso queremos confesarnos, aunque no sabíamos que fuese posible a esta hora”. K. Krajewski, ceremoniere del papa Juan Pablo II
Modificado el ( lunes, 14 de abril de 2008 )
 
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