| Humanos y Simios |
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| Escrito por D. Turbón | |
| jueves, 17 de abril de 2008 | |
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Es difícil establecer el árbol genealógico de los hombres y sus parientes próximos. Faltan fósiles para conocer los grados de parentesco. Los humanos y los simios son, en cierta manera, primos; no hay duda de que tienen antepasados comunes. Desde una óptica plenamente humana –no sólo desde la biología sino, también, desde la filosofía y la religión-, hoy parece evidente que el hombre fue creado a través de etapas que demuestran la extraordinaria complejidad de su naturaleza. El universo nació hace unos quince mil millones de años. En los primeros miles de millones de años de evolución, la materia se organizó en formas cada vez más sofisticadas y así nacieron las masas de gas, las galaxias y el sistema solar. La Tierra se formó hace 4,6 miles millones como un magma incandescente. Cuando la temperatura bajó lo suficiente como para permitir la formación de una corteza terrestre estable, la actividad volcánica generó una gran cantidad de gases. De la condensación del oxígeno y del hidrógeno surgieron mares y océanos. Las masas continentales y oceánicas se separaron. En el agua apareció la materia auto replicante, las primeras formas de vida. Eran sencillas, de una sola célula, que se fue haciendo más compleja, uniéndose a otras a lo largo de millones de años. Hace unos 570 millones de años se desarrollaron los primeros animales con esqueleto. El oxígeno liberado por las plantas acuáticas originó una atmósfera respirable y en la altitud, los átomos de oxígeno formaron la capa de ozono que protegería la vida contra las radiaciones cósmicas. Durante la Era Primaria se desarrollaron los peces y los anfibios. Los vertebrados, anfibios y reptiles colonizaron tierra firme. Los primeros mamíferos nacieron hace unos 245 millones de años. Los primates aparecieron hace unos setenta millones de años. Este orden, de gran diversidad, incluye los simios desaparecidos y los actuales, así como los homínidos (primates bípedos), de los cuales el único representante actual es el ser humano. La comparación de secuencias del ADN humano con las del chimpancé y del gorila indica que el antepasado del hombre se separó hace unos seis u ocho millones de años, antes de la diferenciación de chimpancés y gorilas entre sí. Ello concuerda con el registro fósil actual, pues los fósiles del primate más antiguo, con seguridad bípedo, Orrorin tugenensis, datan de hace seis millones de años. Los prehumanos El primer homínido considerado como tal es Sahelanthropus tchadensis, conocido como Tumaï, de unos siete millones de años de antigüedad. La articulación del cráneo con la primera vértebra indica que podía caminar, aunque tal vez sólo fuera un rasgo postural, para alcanzar el alimento desde tierra. El siguiente homínido más antiguo es Orrorin tugenensis, cuyos fragmentos de húmeros, fémures y falanges permiten pensar en un caminar bípedo. La dentadura, de caninos pequeños y molares grandes, indica que tenía una dieta herbívora y frugívora. También es posible que fuera omnívoro y obtuviera sus proteínas alimentándose de insectos. Existen diferentes hipótesis sobre cómo los primeros homínidos se diferenciaron de los simios, pero todas sugieren que el cambio medioambiental fue un factor importante. Al final del Mioceno, hace entre ocho y cinco millones de años, el clima de la Tierra sufrió un intenso enfriamiento y se hizo más seco en las zonas cálidas. Se redujeron las áreas de bosques africanos, con el consiguiente aislamiento de las especies arborícolas. Las poblaciones de África oriental tuvieron que adaptarse a un entorno más abierto, con mayores áreas de sabanas, lo que favoreció la evolución de la vida en el suelo y dificultó la arbórea. Los simios terrestres debieron organizarse en grandes grupos sociales para recolectar alimentos y defenderse de los predadores, actividades que requieren el desarrollo de una buena comunicación. Los australopitecos
Hace aproximadamente unos cinco millones de años, en África, apareció el linaje de los australopitecos, similar al de los simios salvo por dos características importantes: pequeños dientes caninos y bipedismo. El valle del Rift, región de África oriental, donde los movimientos de la corteza terrestre han dejado al descubierto antiguos depósitos de fósiles, se ha hecho famoso por el hallazgo de numerosos restos de australopitecos. Otros países donde también han aparecido fósiles de este género son Etiopía, Tanzania, Kenia, Sudáfrica y Chad, lo que demuestra que los australopitecos poblaron ampliamente el continente africano. En Laetoli (Tanzania) se han preservado excepcionalmente las huellas de tres individuos bípedos que caminaban por la sabana abierta hace 3,6 millones de años. Sus pisadas han quedado fijadas en el barro volcánico por una combinación de incidencias: una erupción volcánica, una lluvia torrencial y una nueva lluvia de cenizas, que han servido para la datación. Hay 69 huellas, algunas superpuestas a otras intencionalmente, lo que se ha interpretado de diversas maneras, una de ellas como una estrategia para no dejar rastro, como hacen los lobos y otras especies. Las huellas de homínidos no son las únicas: también se conservan muchas otras, de ave, de babuino y de ciempiés. Los primeros australopitecos poblaron áreas boscosas, mosaicos de bosque y de sabanas que les permitían alimentarse tanto en tierra como en los árboles. Un conocido esqueleto llamado Lucy, un Australopithecus afarensis, conserva aún rasgos simiescos, como los brazos largos respecto a las piernas, señal de una considerable actividad arborícola. Los australopitecos se adaptaron progresivamente a entornos diversos, que la lenta pero sostenida desecación continuaba fragmentando: pequeñas selvas, bosques abiertos y sabanas. El bipedismo, ya habitual, liberó las manos, lo que facilitaba el transporte de alimentos y utensilios y el avistamiento de predadores al erguirse por encima de los arbustos. Mantenían, por otra parte, la facilidad de sus antepasados para buscar refugio en los árboles cuando era necesario. Los brazos largos y fuertes y los dedos curvados probablemente les permitían trepar con facilidad, mientras que con la nueva estructura de la pelvis y de la columna vertebral podían caminar erectos. Los primeros humanos Hace tres millones de años el cambio climático planetario se acentuó y el bosque retrocedió con rapidez en las tierras altas de África del Este. Surgió entonces la actual sabana y numerosas especies se extinguieron por la brusca desaparición de su hábitat natural y por la diaria actividad de los predadores. Además apareció el primer antepasado del hombre actual: el Homo habilis. Los habilis muestran ya cambios sigificativos en su cerebro: un patrón de surcos de las zonas que controlan el lenguaje articulado, visible en los moldes endocraneales; un aumento relativo del tamaño cerebral y marcada encefalización; y utilización, casi sincrónica, del uso deliberado y recurrente de herramientas de piedra, asociada a la mayoría de los hallazgos. En otras palabras, H. habilis es el más antiguo representante de un nuevo “nivel de organización” en la evolución del cerebro de los mamíferos. La dificultad de la supervivencia en la sabana hizo indispensable el uso de utensilios para el aprovechamiento de la carroña y quebrar huesos para obtener la médula, un alimento blando y nutritivo. Más azaroso que la obtención de comida era evitar a los predadores durante la noche. El aumento de la inteligencia y el uso de un incipiente lenguaje hablado fueron requisitos obligados para la viabilidad de unas crías cada vez más dependientes. Todos los cálculos indican que el H. habilis es un escalón más encefalizado que australopiteco, pero el aumento del tamaño cerebral no podía darse en el seno materno, porque los nuevos cambios en la pelvis hubieran repercutido en la marcha bípeda. Se inició entonces un arriesgado proceso de reducción de la cabeza fetal y de altos niveles de cuidado parental, sin los cuales la cría no habría sobrevivido. ¿Por qué se unieron aquellos grupos de H. habilis de los que la reconstrucción paleoambiental de los yacimientos indica que vivían en plena sabana abierta? No hay otra respuesta que por seguridad, reforzada por un aumento de la actividad sexual, que habría incorporado los machos al cuidado del grupo. Esto manifiesta otra diferencia con el chimpancé, cuya sociedad está centrada en las madres; no existe en ella la figura del padre. Hace dos millones de años el cambio climático alcanzó su grado máximo. Los australopitecos robustos se extinguieron algo más tarde; pero no ocurrió lo mismo con los humanos. Sorprendentemente, se expandieron demográfica y geográficamente por Eurasia e Insulindia transformados en Homo erectus. Parece que su actividad era diurna, adaptada a las altas temperaturas tropicales, lo que explica que aumentara notablemente su estatura. Es impensable que, con sus crías cada vez más encefalizadas y dependientes, hubieran competido durante la noche con los predadores. En pocas decenas de miles de años, el H. erectus alcanzó el Cáucaso (1,77 millones de años), China (hacia 1,8 millones de años) y el Sudeste asiático (1,8-1,6 millones de años). Su éxito demográfico y geográfico queda reflejado en las extensas acumulaciones de herramientas de piedra, incomparablemente más abundantes que sus fósiles. ¿Qué había ocurrido? Se ha propuesto que muchos mamíferos africanos emigraron a Eurasia hace 1,8 millones de años, al comienzo del Pleistoceno, y que el ser humano siguió su rastro. El hecho de depender de la carne como fuente de alimentación principal pudo haber permitido a muchas especies carnívoras, incluido el ser humano, desplazarse por áreas diferentes sin necesidad de aprender a distinguir las plantas venenosas. No obstante, la migración humana hacia el este de Asia debió de darse gradualmente y a través de latitudes inferiores y entornos similares a los de África. Suponiendo que las poblaciones de H. erectus del este africano se desplazasen a una velocidad de sólo 1,6 kilómetros cada veinte años, podrían haber alcanzado el sureste Asiático en 150.000 años. Así, alimentarse de carne pudo haber sido crucial en las primeras migraciones humanas hacia nuevos continentes. En este sentido, hay dos datos incontestables: nuestro intestino es más corto que el de cualquier primate y las estructuras masticatorias se redujeron notablemente, señal de que comía alimentos blandos o previamente tratados. En definitiva, el H. erectus poseyó gran capacidad migratoria y gran encefalización, capaz de adaptarse a nuevos entornos climáticos. A lo largo del millón largo de años y gracias a su independencia del medio –que modificaba con inteligencia según su necesidad-, la transmisión de conceptos mediante el habla, los utensilios y el uso incipiente del fuego, se transformó en Homo sapiens. Su cerebro fue creciendo en tamaño y reorganizándose neurológicamente. Con el H. erectus se formaron la niñez y la adolescencia humanas, ésta en su estadio inicial. La plenitud Hace 300.000 años la población mundial de H. sapiens arcaico probablemente no superaba los tres millones. El cerebro moderno estaba ya formado. La plena inteligencia permitió al H. sapiens depender principalmente de factores que podía controlar: el aprendizaje y las relaciones de una vida grupal cada vez más compleja; primero como cazador recolector y más tarde domesticando plantas y animales. La mayoría de las variaciones anatómicas actuales son el resultado de adaptaciones a ambientes diferentes, meros rasgos superficiales más que líneas profundas de división de la Humanidad. Ello demuestra que la raza tiene poca o ninguna validez como concepto biológico –aunque la apariencia externa tiene consecuencias sociológicas- y, por tanto, la biología no puede usarse como justificación para actitudes racistas, incluyendo el comportamiento. Desde hace unos 130.000 años, los fósiles humanos apenas son distinguibles de los restos óseos de las poblaciones actuales. Con el control ambiental aumentó el sedentarismo, el hombre ya dominaba el fuego y probablemente su producción. La amplia gama de herramientas de piedra conservadas revelan un gran potencial de aprovechamiento de los recursos. Con ellos crearon objetos de madera, hueso, cuero y marfil: elaboraron cuentas, pulseras y una amplia variedad de instrumentos de caza, como lanzas, puntas, propulsores y, finalmente, el arco y la flecha. La vida ritual se hizo muy importante y, con ello, el arte y la magia. Está ampliamente aceptado que las pinturas rupestres pudieron servir para influir en el éxito de la caza y de la fertilidad; aunque su sentido es mucho más amplio, pues servían como “bibliotecas” o “escuelas” prehistóricas para enseñar, adorar o celebrar. La presencia de pinturas en cuevas y abrigos rocosos contemporáneos en zonas tan alejadas como Europa y Australia –expresiones paralelas sin conexión entre sí- prueba que los pueblos de hace 30.000 años eran modernos no sólo anatómicamente, sino intelectualmente. Los ritos funerarios del Paleolítico Superior sugieren un sistema de creencias e instituciones religiosas complejas: en ese sentido apuntan los más antiguos enterramientos, de hace 90.000 años, documentados en el Próximo Oriente, con ofrendas y ajuar de culturas cazadoras. La transición de los sapiens arcaicos a los sapiens modernos afectó principalmente al cráneo y, en particular, a la cara. Disminuyó la robustez ósea y se redujeron caras y dientes, y apareció la barbilla. El uso de instrumentos de caza a distancia permitió la gracilización corporal, pues ya no era preciso el contacto físico para abatir grandes presas de animales o para defender al grupo. La completa sustitución de los sapiens arcaicos por los modernos duró bastante y no se completó hasta hace unos 28.000 años, cuando en Europa se extinguieron los Neandertales. Hace aproximadamente 10.000 años el hombre consiguió, en el Próximo Oriente, dominar el cultivo de plantas y la domesticación de animales. El consiguiente aumento demográfico hizo posible la aparición de los primeros núcleos urbanos, y luego de las grandes ciudades y de la civilización moderna. Las expansiones demográficas, primero, y geográficas después, absorbieron genéticamente los grupos cazadores recolectores en el mundo entero, borrando así numerosas huellas del pasado. Parte de la historia evolutiva puede hoy reconstruirse analizando la diversidad genética del ADN. Los resultados indican que la Humanidad actual proviene de África. El ser humano, por su naturaleza tropical, ha habitado siempre este continente, donde encuentra ambientes muy favorables. En cambio, las expansiones demográficas que puedieran haberse dado en el pasado, en latitudes templadas o frías, se verían, más pronto que tarde, afectadas por el cambio de las condiciones climáticas. En definitiva, las poblaciones no africanas debieron estar en permanente inferioridad demográfica frente a las africanas, siendo de esperar tasas más altas de migraciones “desde África” que “hacia África”. Esta tendencia sólo se equilibró con el descubrimiento de la producción y almacenamiento de comida, hace 10.000 años, en el Neolítico. Por qué somos, biológicamente, excepcionales y únicos? El ser humano representa un corto capítulo de la historia de la vida; incluso del Orden de los Primates: el hombre nació hace unos 2,5 millones de años. Aun así, su historia no es tan simple; es realmente un caso único y excepcional, aunque haya quien se obstine en opinar lo contrario. La parición de especies complejas (gradísticas) depende de procesos impredecibles y únicos que, además, han surgido escalonadamente, no súbitamente. El estudio de la evolución humana no es una ciencia única. Es preciso integrar la genética, la morfología, la fisiología, el comportamiento, así como la geología y la ecología. Se trata, pues, de una ciencia ecléctica. Quizá por ello, algunos se fijan sólo en los rasgos que nos asemejan a nuestros antepasados, cuando son más importantes, con mucho, los aspectos que nos distinguen. La expansión del cerebro puede considerarse como un poderoso soporte del comportamiento y del espíritu humano, manifestado en la capacidad de aprender conductas complejas y aprenderlas rápidamente; la potenciación de la inhibición reflexiva –capacidad de razonar antes de tomar una decisión-; el lenguaje como vía eficaz para transmitir conceptos abstractos; la autoconciencia; el sentido del futuro, que va mas allá del impulso animal por satisfacer de inmediato sus instintos; la ética, la capacidad de amar, la de abstraer, la ciencia y, como realidades transrracionales –que no irracionales- el arte y la religión. Todos estos rasgos resaltan que no es necesario abandonar el ámbito de la biología para ver al ser humano como una especie excepcional y única. |
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| Modificado el ( miércoles, 30 de abril de 2008 ) |
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