| PENSAMIENTO EN CRISIS, RETÓRICA EN ALZA |
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| Escrito por Juan Fernando Sellés | |
| martes, 14 de octubre de 2008 | |
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Seguro que el lector podría elaborar un elenco de manifestaciones acerca de que la filosofía esté actualmente en crisis. Entre ellas, tal vez enumeraría como ejemplos que esta materia está socialmente desprestigiada, porque no es práctico-productiva, no influye en los demás saberes ni en la sociedad y, asimismo, parece ser un cajón de sastre que contiene cualquier tipo de opinión de dudoso fundamento. Añadiría además que interesa a pocos. Seguramente indicaría asimismo que, más que pensadores profundos, existen famosos ensayistas que manejan con pulcro ajuste la oratoria y que la aplican, como mucho, a denunciar defectos de ámbito social, político, cultural, etcétera, y que, incluso en esos campos, no hay verdadera filosofía, porque no se proponen soluciones de fondo a los nuevos problemas, o porque se les hace frente con precedentes planteamientos, que, por estancados o rancios, no son aptos para solucionar las nuevas dificultades. En suma, la retórica no parece resolver la crisis porque – como decía Ortega – es “el cementerio de las realidades humanas; cuanto más, su hospital de inválidos”. Por el contrario, quienes se resistiesen a aceptar la precedente tesis acerca del declive de la filosofía saldrían al paso de los anteriores argumentos con una enumeración de contraejemplos del estilo: “Nunca como ahora se ha escrito tanto en filosofía: artículos, libros, etcétera”. En efecto, existen muchas más revistas periódicas de filosofía que en otras disciplinas científicas y humanísticas. Se dispone, también, de más documentos filosóficos de fácil acceso a través de medios informáticos o en papel impreso para conocer las principales propuestas de la mayor parte de los pensadores de todos los tiempos, así como de otros escritos de sus conocedores actuales. Añádase que jamás se han celebrado tantos congresos en esta materia. Se podría alegar asimismo que antes existían muy pocos filósofos, pero hoy cualquiera puede serlo, pues es fácil adquirir dicha formación, así como publicar, pues cualquier opinión puede pasar por válida y, además, el espeto y tolerancia por todas ellas es un valor en alza. Efectivamente, se tiende a buscar un término medio entre el “sí” y el “no”; nadie se atreve a llamar error a ninguna sentencia y, consecuentemente, todo se puede aceptar en mayor o menor medida, pues defender que un pensamiento sea más verdadero que otro se califica hoy de actitud dogmática y prepotente.
ALGO MÁS QUE UNA SENSACIÓN DE CRISIS
Si el lector está algo más familiarizado con este saber, y ha tenido la oportunidad de detener la atención en algunos de sus actuales escritos, así como si ha participado en alguna reunión o simposio filosófico reciente, de seguro que no quedaría del todo satisfecho con la precedente apología, y en consecuencia, podría añadir réplicas como las que siguen, que denuncian cierta decadencia filosófica: “La mayor parte de los discursos filosóficos actuales se centran más en cuestiones de método que en los temas de fondo”. Además, “cuando esporádicamente se aborda algún tema central, se repiten soluciones tradicionales con comentarios marginales que, por falta de profundidad, no parecen muy convincentes”. Tal vez dijese que “los actuales pensadores se parecen a la hiedra que, para cobrar altura, se encarama a árbol ajeno hasta sofocar su verdor”, es decir, “se tiende a apoyar la propia opinión en alguna tesis de un determinado escritor del pasado, o sea, se pone el propio sentir o la crítica personal en boca de otros, bien porque se teme dar la propia, o tal vez, porque se considera que aquella en la que se basa es mejor que la suya, todo lo cual manifiesta que nuestra situación histórica no está al nivel del pensamiento precedente”. Es posible, asimismo, que añadiese: “Tanto los métodos como los temas atendidos se suelen encuadrar dentro de una determinada corriente o escuela de filosofía que, por especializada, concierne a pocos y apenas tiene puntos de contacto con las demás, lo cual provoca no sólo falta de diálogo, sino también el astillamiento del saber filosófico, situación que, obviamente, es comprometedora para la filosofía”, etcétera. A las contrarréplicas que preceden, todavía cabría esperar algunas nuevas objeciones por parte de quienes no acaban de aceptar que la filosofía esté en grave aprieto, los cuales podrían esgrimir argumentos como los que se añaden a continuación: “La filosofía no puede faltar porque el hombre es filósofo por naturaleza”. Además, “no puede ser que una ciencia que ha sido la reina de las demás durante tantas centurias desaparezca”. “Téngase en cuenta también que todas las corrientes de pensamiento se pueden compatibilizar, aunque no sepamos hacerlo, pues a pesar de la distinción entre los diversos métodos y temas filosóficos empleados todos ellos son conmensurables”. Se añadiría tal vez que, “si bien hoy no se siguen descubriendo nuevas y más profundas verdades filosóficas, al menos se puede recurrir a las respuestas clásicas a los problemas cruciales, y eso ya es bastante respuesta filosófica”, etcétera.
LA PERVIVENCIA DE LA FILOSOFÍA
Contra las precedentes razones aún se podría argüir que no siempre ha habido filosofía y, por eso, tampoco es necesario que la siga habiendo. Además, cuando ésta se ha dado, su historia se ha caracterizado por breves periodos de esplendor seguidos de largos tiempos de crisis. Por otra parte, si los distintos métodos filosóficos usados no logran conmensurarse, tal vez sea porque los temas estudiados también sean heterogéneos. A esto se podría sumar que las mejores soluciones habidos para los problemas más profundos a lo largo de la historia del pensamiento no siempre han sido recordadas en la posteridad, pues no pocas corrientes filosóficas modernas y contemporáneas se han caracterizado por un marcado desconocimiento de los mejores descubrimientos de las filosofías precedentes, y los profesionales no son en la actualidad inmunes a esta amnesia. A ello se añadiría, seguramente, que hoy no sólo no se quieren recordar dichas tesis, sino ni siquiera mencionar los nombres de algunos autores, pues citar en cualquier foro a Tomás de Aquino – por poner un clásico ejemplo – yo resulta “políticamente correcto”, ya que tal discurso se puede tachar fácilmente, y aún con benevolencia, de “arcaico”. El dictamen precedente todavía se podría contestar, por parte de aquellos que piensan que a la filosofía no le ha llegado aún su canto de cisne, con otra serie de objeciones, tales como: “De momento hoy continúa habiendo filosofía; incluso tenemos facultades universitarias con tal nombre. En consecuencia, no hay crisis y, además, no hay que perder la esperanza”. Además, “en caso de darse tal contexto, plantear si hay crisis filosófica ya es hacer filosofía. En consecuencia, la filosofía pervive y no está en mal momento”. Se podría añadir también que “aunque no se den nuevas soluciones a temas tradicionales, e incluso se declare que algunos problemas actuales no se les ve la solución, eso ya es cierto saber, al que se puede considerar, en cierto modo, filosofía”, etcétera. Con todo, las precedentes réplicas no parecen muy convincentes, por adolecer de fundamentación y, precisamente por ello, por albergar en su seno una peligrosa deriva hacia el escepticismo. Aunque se podría prolongar la discusión del debate arriba resumido, es claro que en él juegan el sí y el no, los argumentos a favor de la crisis filosófica (praeterea) y los en contra (sed contra), el for y el against. Para un “demócrata intelectual” bastaría atender a las diversas opiniones esgrimidas al respecto, o a cualesquiera otras, y optar – sin gran compromiso por su parte – por aquella que mejor se acomode a sus propios intereses. Pero si se concede la solución del problema a la elección, con esto se prima de entrada a la voluntad sobre la inteligencia y, consecuentemente, se incurre en un voluntarismo carente de justificación. Por tanto, será pertinente averiguar intelectualmente si la filosofía esta verdaderamente en crisis. Y si lo está, convendrá investigar en qué se manifiesta y cuál es el motivo fundamental de tal deterioro. Además, si este se llega a conocer, todavía cabe preguntar cómo salir del trance, pues, obviamente, no bastará con denunciar su lastimosa condición.
MANIFESTACIONES DE LA CRISIS
Si, como decía Julián Marías, el atributo principal de la filosofía es la radicalidad, las épocas de crisis filosófica se deben caracterizar porque los pensadores se dedican a temas periféricos en vez de atender los centrales. Como entre los más importantes está el propio sentido personal humano, en épocas críticas los “filósofos” centrarán más su atención en las manifestaciones humanas que en la intimidad y, consecuentemente, medirán su sentido personal por el de sus actividades. Como dichas experiencias dan lugar a medios culturales, en esos periodos el hombre se olvida de sus propios fines, o los posterga a los medios que emplea. De entre los bienes mediales con los que el hombre cuenta, el superior es el lenguaje, porque esta forma cultural posibilita y rige todas las demás. Ahora bien, si este no se subordina como medio al fin último del ser humano, aparece la sofística. Este tipo de filosofía parece caracterizar a todos los periodos de crisis filosófica. Como se recordará, es propio de este modo de pensar convertir el argumento más débil en el más fuerte buscando intereses pragmáticos, consumistas, lucrativos (por ejemplo, un anuncio televisivo). Como se desconoce la solución de fondo al problema, se siguen probando reiteradamente diversos medios atrayentes. En tiempos de crisis de pensamiento ocurre aquello que indicaba Ortega: “Todo el mundo percibe la urgencia de un nuevo principio de vida. Mas – como siempre acontece en crisis parejas – algunos ensayan salvar el momento por una intensificación extremada y artificial, precisamente del principio caduco”. De ser certero el anterior veredicto, si el actual es un periodo de decadencia filosófica. Según lo indicado, es comprensible que en la actualidad los discursos filosóficos estén tan retórica y estéticamente bien trabados como faltos de profundidad; también que aquello que los medievales llamaban razón superior (ese modo de conocer que versa sobre los asuntos necesarios más altos y realmente importantes) pliegue velas, soltando libremente al viento las de la razón inferior, sobre todo, los temas referentes a la que en el Medievo se llamó razón práctica (lo que el hombre tiene en sus manos y puede transformar), y amarrando, además, la dirección de la nave a los intereses de su voluntad. El paradigma actual parece, pues, netamente kantiano. No por casualidad Kant es, hoy por hoy, el autor más leído (y seguramente, en sus implicaciones de fondo, menos entendido). Ahora bien, valorar a la razón práctica sobre la teórica y olvidar lo propio de la razón superior es solidario de una época de crisis filosófica, porque se desconoce la raíz y fin del conocer humano, porque no se nota que el conocimiento es anterior a su comunicación a la acción humana, y porque necesariamente la razón práctica está subordinada a la voluntad, ya que su hábito superior – la prudencia – por versar sobre medios, es inferior a alguna de las virtudes de la voluntad – como la amistad – ya que estas versan sobre personas, que en modo alguno son medios. Como se puede apreciar, se trata de un voluntarismo de guante blanco, es decir, presuntamente justificable, porque se lo arropa con abundante racionalidad práctica. Por eso, en las diversas asambleas filosóficas y humanísticas se tiende, ante todo, al acuerdo voluntario, relegándose la búsqueda y defensa de las verdades capitales.
LA PÉRDIDA DEL PROPIO SENTIDO
Al parecer, todos los periodos de crisis filosófica desatienden la recomendación del oráculo de Delfos, “conócete a ti mismo”, mientras que los periodos de esplendor indagan en lo radical del hombre. En efecto, la filosofía surge cuando se comienza a pensar de modo teórico el fundamento u origen, y se encumbra al atender al fin del hombre, al destino humano. No es esta la actual situación. Asimismo, se debe preguntar si este contexto es más crítico que los precedentes. Se puede responder diciendo que, mientras en las crisis filosóficas anteriores la indagación sobre lo radical del ser humano pasó a un segundo plano, en nuestro momento se da un paso más, a saber, se niega el propio sujeto. No se trata sólo de lo que – según la fábula de Esopo – decía la zorra respecto de las uvas, pues ahora ya no se suponen verdes por inalcanzables, sino incluso inexistentes. En efecto, la tesis central del pensamiento posmoderno radica en que el sujeto no existe. A esta se podría sumar aquel añadido de la sofística antigua: “Si existiera, no se podría conocer; si se pudiera conocer, no se podría decir”, sencillamente porque la razón y el lenguaje son fragmentarios, mientras que el sujeto no puede serlo. Además, de poder pensarlo y decirlo, no interesa hacerlo, es decir, no se desea voluntariamente tratar ese tema, porque compromete de lleno. El cansancio filosófico es muestra del desfallecimiento por ser hombre, en rigor, por alcanzar el sentido personal que se está llamado a ser. En la actualidad, el filosófico es un agotamiento humano, aunque no el único. Piénsese, por ejemplo, en el cansancio genético, es decir, en la carencia de hijos, en el matrimonial y familiar, en el moral, educativo, etcétera. La de la filosofía se puede comparar a las crisis de esas otras realidades humanas, porque en ellas es el mismo existente el que se halla enteramente comprometido. Como se ve, no sólo se cansa el intelecto humano de buscar la verdad, ni sólo la voluntad de serle fiel según virtud, sino que es el mismo ser humano quien se retrotrae de buscar su verdad. Cuando alguien no se adhiere a la verdad se otorga protagonismo a la opinión; como adquirir la virtud es tarea ardua, se abre paso al sentimiento sensible; si no se busca la propia verdad personal, el hombre sestea dotando de cierto sentido a sus manifestaciones humanas menores, pero esa actitud no inspira a nadie. La filosofía hoy parece falta de inspiración. Mira con timidez al futuro. Pero es claro que en el hombre el futuro influye más que le pasado, porque el hombre es un ser de proyectos, ya que él mismo es un proyecto como hombre. Ya decía Ortega que “nada tiene sentido para el hombre, sino en función del porvenir”, pues sin futuro no cabe esperanza, y sin esta el hombre es un muerto en vida. En suma, la filosofía no parece estar en su mejor momento: ¡como para pedirle que lidere la tan ansiada interdisciplinariedad! El pensador citado declaró que “para que la filosofía impere, basta con que la haya; es decir, con que los filósofos sean filósofos. Desde hace casi una centuria, los filósofos son todo menos eso: son políticos, son pedagogos, son literatos o son hombres de ciencia”. El anterior veredicto de hace décadas podría ampliar su prolongación temporal hasta hoy.
¿QUÉ ESTÁ HOY EN CRISIS FILOSÓFICA?
Seguramente las disciplinas superiores de este saber: la teoría del conocimiento, la ética, la metafísica, la antropología, etcétera. Pero como estas son la raíz y fin de las demás, también en las otras se percibe el decaimiento. En todas ellas parece darse una situación común, pues a la par que se habla de multiplicidad de teorías del conocimiento, de éticas, de metafísicas, de antropologías, si se presta atención a sus distintas versiones, se nota a las claras que el relativismo gnoseológico, ético, metafísico, antropológico, campea a sus anchas por doquier. Es más que se intentan compatibilizar versiones tan dispares de esas disciplinas como las de Aristóteles o Descartes, las de Tomás de Aquino o Kant, etcétera, señal evidente de que muchos de los enfoques de estos saberes carecen de fundamentación, y que de ellos se usa más su nombre que su fondo. Parece chocante que el relativismo afecte hoy en mayor medida que antaño, teniendo en cuenta que la gente está más instruida, más cultivada. Parece extraño, pero no lo es, porque – como advierte Leonardo Polo – este suele ser el defecto propio de los muy “leídos”, ya que “el relativismo es más bien un vicio del lector, que se ha perdido en una logomaquia: ha leído a muchos autores y no sabe a qué carta quedarse. Un filósofo de cuerpo entero piensa lo que lee, tratando de articularlo”. El que no lo piensa a fondo, más bien aprovecha las distintas sentencias de los autores para engalanar sus discursos. Después de aludir brevemente a las disciplinas filosóficas que requieren para su consolidación los métodos cognoscitivos humanos capitales, es decir, los niveles cognoscitivos humanos superiores, conviene aludir ahora a los temas más importantes. Cuando no se indaga acerca de los dos polos del filosofar, el origen y el destino, la filosofía suele emprender la retirada. Es claro que la mayor parte del pensamiento contemporáneo no indaga acerca del origen o fundamento y del destino humano, cuando no los niegan. Ahora bien, como esos son los dos temas capitales que conforman el eje de la filosofía, los únicos sobre los que se puede fundar el saber filosófico, su ausencia conlleva que la filosofía que se ejerce carezca de justificación o solidez teórica. Repárese que la mayor parte de corrientes de pensamiento del s. XX han relegado estos temas; y aquellas que los han tenido en cuenta, han repuesto tesis clásicas sin ahondar en soluciones más radicales, o han apelado, aunque por excepción y prematuramente, a saberes extrafilosóficos. A lo que precede se podría objetar que atender a tan radicales temas no es hoy normal, pues no está bien visto de acuerdo con el nivel sociocultural vigente, en el que hay que andarse con cuidado, rodeos y alusiones indirectas, etcétera. Pero, si se mira bien, esta réplica no es sino una postura acomodaticia a la medianía intelectual vigente, es decir, un conformarse con la situación de crisis y no llamar la atención nadando contra corriente. Ahora bien, de ordinario sólo se conforma con dicha situación quien puede sacar partido práctico de ella. Seguramente se apelará a aquello de que interesa que la gente no sepa demasiado, porque así es fácil de persuadir; que a la gente no hay que hablarle a la cabeza, sino a los sentimientos. Sin embargo, todavía cabe preguntarse si esa actitud concuerda más con la índole de la filosofía y de las personas, o se parece más bien a la sofística.
LA EXTENSIÓN DE LA CRISIS
Se ha indicado que el tiempo más propio del hombre es el futuro (el histórico y el metahistórico) al que apunta su crecimiento. Por eso, si las corrientes de filosofía modernas y contemporáneas centran más la atención en el presente (idealismo, fenomenología, estructuralismo, etcétera), en el pasado humano (tradicionalismo, evolucionismo, historicismo, psicoanálisis, hermenéutica, nihilismo, existencialismo – detenido ante el término de la muerte -, etcétera) o en el pasado cultural (materialismo, filosofía analítica, pragmatismo – el lenguaje y los productos culturales ingresan inmediata e inexorablemente en el pasado -, etcétera), no son precisamente filosofías “demasiado” humanistas, sino poco humanas, y consecuentemente, poco “filosóficas”. A lo que precede se podrá objetar que recientemente ha habido filosofías que se han fijado en el tiempo humano, por ejemplo, en el progreso de la inteligencia y de la voluntad (neoaristotelismo, neoescolástica, filosofía del diálogo, personalismo, etcétera). Sin embargo, es pertinente recordar que la intimidad personal humana no se reduce a la inteligencia y a la voluntad. De manera que no se la debe medir por el crecimiento de aquellas. Su tiempo no es el tiempo de esas potencias. Su futuro no es el futuro de ellas. Su esperanza trasciende el anhelo de aquellas, sencillamente porque es personal, mientras que aquellas no son persona ninguna. Lo superior da razón del perfeccionamiento de lo inferior y lo personaliza; no a la inversa. De manera que no parece que el hombre sea un ser apto para la miseria (como afirmaron de un modo u otro Lutero, Marx, Heidegger, Sastre, etcétera), aunque tampoco es una riqueza consumada. Quien proclame para él una “vida lograda” en un momento determinado, en esa misma proclama compromete el crecimiento humano, y – según Agustín de Hipona – en ese preciso “basta”, ha perecido como hombre y, por supuesto, como filósofo. Frente a esa actitud es más realista (también más optimista y humilde) saber que “cualquier éxito es siempre prematuro”. En la presente situación el hombre no es un ser necesitante que alcance alguna vez a llenar su carente capacidad, sino un ser nuclear y radicalmente desbordante que tiene periféricas carencias. Con todo, el manantial de esa exuberancia interior es progresivo, pues todavía no ha llegado a ser quien está llamado a ser. Por tanto, ni miseria, ni plenitud, sino sencillamente filosofía, es decir, progresivo crecimiento sapiencial.
¿CÓMO SALIR DE LA CRISIS?
Las crisis no se esquivan relegándolas al olvido, sino enfrentándose a los problemas que plantean y superándolos por elevación. Si lo anterior no responde a un descabellado diagnóstico, eludir el problema no favorece su solución. La salida de las crisis filosóficas la ofrecen los filósofos que entregan su vida por la verdad, no por la fama. El problema de las crisis – según el decir de Ortega – “no es que falten medios para la solución. Faltan cabezas. Más exactamente: hay algunas cabezas, muy pocas; pero el cuerpo vulgar de la Europa central no quiere ponérselas sobre los hombros”. Frente a esas privilegiadas cabezas – bastante desconocidas por cierto -, hoy sobresalen ciertos “gurús” no necesariamente “filósofos”, pues saber no equivale a saber persuadir – en uno o varios idiomas -. No hay aplauso sin lenguaje. El hombre no es lenguaje ni cultura. Por eso su fin no es cultural y no lo alcanza con el lenguaje. Los filósofos a la altura de estos tiempos son los que logran conformar una síntesis del saber precedente poniendo las verdades habidas en su respectivo lugar jerárquico, desarrollando sus virtualidades en su propia vida, a la par que logrando rectificar por elevación los básicos errores habidos. Vale decir que todas las crisis comportan una falta de unidad. ¿Por qué no hay unidad? Porque se ha perdido la visión jerárquica de la realidad y del conocimiento humano. Hablar de “jerarquía” se tiene hoy por petulancia. En consecuencia, no se subordina lo inferior a lo superior, y en régimen de aislamiento lo superior tampoco favorece a lo inferior. No son, en cambio, pensadores a la altura de los requerimientos de esta época aquellos que son aspectuales, incapaces de sintetizar a la manera de los clásicos, tal vez porque ignoren la tradición o la conozcan superficialmente (para citas de salón); quienes proponen opiniones endebles o soluciones fragmentarias de escuela a problemas de fondo, recursos en los que es peor el remedio que la enfermedad. Declarar que el precedente reto lo están alcanzando los famosos personajes a los que se oye en los ordinarios foros filosóficos puede denotar varias cosas: que el repertorio verbal propio es parco y, como no se entiende su elocuencia, se confía crédulamente en su calidad; que los discursos apelan más a los sentimientos sensibles que a la cabeza y, además, la persona se deja llevar por ellos; que el alcance cognoscitivo es escaso y, por tanto, se conforma con poco; etcétera. Pero si, dejando al margen la hojarasca literaria, se entiende el mensaje de su discurso, sostener que los oradores muestran verdades capitales es, sencillamente, una broma pesada, pues su aparente profundidad no pasa de terreno llano. El pesimismo que puede invadir a algunos ante esta situación de bajamar filosófica no debe llevarles a salirse por la tangente, es decir, a la ruptura completa con la tradición, o sea, a la actitud de partir de cero y opinar tímidamente acerca de lo que se experimenta en la vida cotidiana. Eso equivaldría a prolongar el lánguido estado de mediocridad filosófica, pues se estaría centrando la atención en ciertas manifestaciones humanas – hoy no muy halagüeñas – prescindiendo de las centrales, precisamente esas que buscaban los clásico. Encapotar el conocer o hacerlo volar en corto es la gran mentira del conocimiento humano, puesto que este puede crecer irrestrictamente. Por eso, todo error en la historia del pensamiento ha sido siempre por defecto, aunque esta escasez pueda deberse a algo más grave, a esa actitud de fondo que dio lugar a lo que los tardomedievales protagonistas de la crisis más aguda de la filosofía llamaron acidia, la tristeza espiritual. El conocer humano es creciente, porque lo es la intimidad humana. Ese inagotable impulso apunta a Dios, el gran tema de la filosofía y el más desatendido en la actualidad. Evitar este tema es la gran mentira humana y la muerte de la filosofía. Como el sentido personal humano, íntimo, sólo está enteramente en manos del Creador, prescindir de él no es sólo ateísmo, agnosticismo o indiferencia religiosa, sino una lamentable pérdida del propio sentido personal humano. “La cuestión acerca de Dios – decía Zubiri – se retrotrae a una cuestión acerca del hombre. Y la posibilidad filosófica del problema de Dios consiste en descubrir la dimensión humana de la cual esa cuestión ha de plantearse, mejor dicho, está ya planteada”. ¿Se puede sostener que buena parte de la filosofía moderna, contemporánea y la que actualmente está en la boga es – frente a la propia de la tradición clásica griega y medieval – humanista? Responder afirmativamente equivaldría a confesar la pobre concepción que del humanismo se tiene, pues ¿qué sentido tiene lograr conocimientos científicos o resultados culturales prácticos si uno mismo no alcanza su sentido?
UNA BREVE PROPUESTA DE SOLUCIÓN
Una vía para salir del atolladero es volver a describir al hombre – como los pensadores clásicos griegos y medievales – en función de la felicidad. Que esta no puede vincularse meramente a lo sensible (corpóreo-instrumental), patet, porque lo sensible muere, o deviene pasado. ¿No será que la felicidad humana tiene que ver con la verdad, pues esta no es susceptible de inscribirse en el pasado? Ahora bien, la verdad la conoce, en primera instancia, la inteligencia. Sin embargo, ¿es suficiente vincular la felicidad humana con la verdad que descubre la inteligencia? Que la felicidad personal humana no se reduce al ámbito de la inteligencia, o de la voluntad, también es manifiesto, porque ya se ha indicado que la intimidad personal humana es superior a esas potencias, ya que, pese a que estas sean las facultades humanas más altas, son precisamente eso, facultades, potencias, no son – como diría Aristóteles – acto, o – como indicaría un medieval – acto de ser. No constituyen, pues, nuestra intimidad personal. Entonces, ¿de qué verdad se trata?, ¿de verdades externas o de la verdad íntima?, ¿de la verdad humana in genere, o de la verdad que cada quién es? Tras lo dicho, lo que se acaba de señalar indica que en la filosofía que uno ejerce compromete su felicidad y la de los que le siguen. Tal felicidad no reside, obviamente, en hacer gratis o entretener con chascarrillos a un público poco exigente, sino de algo más relevante, y también más alegre. En suma, cada pensador tiene el reto de superar su propio límite cognoscitivo, o en términos más sentimentales – para que se entienda mejor – su propio carácter anancástico, que le avoca a una visión reductiva de la realidad y de sí mismo, y en la medida que lo logre, ayudar a los demás en su propia búsqueda. Tal vez la precedente actitud parezca a alguien ingenuamente socrática. Pero ¿acaso no debemos a este pensador que la filosofía superase por primera vez la crisis sofística y se encaminase a un periodo de esplendor? ¿Por ventura no quedó esculpido en el alma de los grandes socráticos – Platón y Aristóteles – su ejemplo de entregar su vida por la verdad? ¿Quizá se trataba en su caso de una verdad parcial?, ¿tal vez de una opinión política, cultural, histórica, etcétera? ¿Por casualidad se trataba de diversos aspectos sincretistas? Es dudoso que alguien entregue su vida por ese tipo de pareceres. Por suerte, Sócrates no es el único modelo: ¿se conformaron con ese tipo de pareceres los insignes pensadores del s. XIII? No parece probable. Recuérdese la sentencia tomista: “La verdad hay que preferirla a uno mismo”. ¿Faltan hoy ejemplos? Téngase en cuenta el consejo del fundador de la Universidad de Navarra: “No tengas miedo a la verdad, aunque la verdad te acarree la muerte”. ¿Cómo superar la crisis? Previamente se requiere detectarla en nosotros mismos y a nuestro alrededor. Lo que debe seguir es ser inconforme con ella, e intentar superarla sin ampararse en el reconocimiento público (en las máscaras de los títulos, honores, distinciones, en el “aristocracia academicista – un nuevo feudalismo –“, etcétera). Se trata de ser exigentes ante la verdad, incluso a pesar de la propia vida. ¿Cómo? Pensando de manera que el saber comprometa enteramente la existencia. ¿Por qué? Porque la solución de las crisis que más comprometen está – como por lo demás advierte Sándor Márai – en el interior del hombre: “Quiero saber la verdad, y el que busca la verdad tiene que empezar buscando dentro de sí”. En suma, no estaría de más preguntar a los que se tienen por célebres o reconocidos intelectuales de nuestro tiempo si con su oratoria buscan más la verdad o persuadir, a la par que recordarles otra sentencia del novelista citado: “Tuve que volver a admitir que la materia prima de mi oficio, la palabra, no es un elemento tan imprescindible de la comunicación humano como a veces suponen los escritores cegados por el orgullo; en momentos críticos, la gente capta la esencia con muy pocas palabras o incluso sin ninguna”. |
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| Modificado el ( martes, 14 de octubre de 2008 ) |
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