| En María resplandece la victoria de Cristo sobre el pecado |
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| Escrito por B XVI | |
| miércoles, 10 de diciembre de 2008 | |
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Durante el rezo del Ángelus de la Inmaculada solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María Desde el principio, por tanto, el "eterno consejo" -como diría Dante- tiene un "término fijo" (Paraíso, XXXIII, 3): la Mujer predestinada a ser madre del Redentor, madre de Aquel que se humilló hasta el extremo para reconducirnos a nuestra dignidad original. Esta Mujer, a los ojos de Dios, tiene desde siempre un rostro y un nombre: "llena de gracia" (Lc 1,28), como la llamó el Ángel visitándola en Nazaret. Es la nueva Eva, esposa del nuevo Adán, destinada a ser madre de todos los redimidos. Así escribía san Andrés de Creta: "La Theotókos María, el refugio común de todos los cristianos, fue la primera en ser liberada de la primitiva caída de nuestros padres" (Homilía IV sobre la Navidad, PG 97, 880 A). Y la liturgia de hoy afirma que Dios ha "preparado una digna morada para su Hijo y, en previsión de Su muerte, la preservó de toda mancha de pecado" (Oración Colecta). Queridísimos, en María Inmaculada contemplamos el reflejo de la Belleza que salva al mundo: la belleza de Dios que resplandece en el rostro de Cristo. En María esta belleza es totalmente pura, humilde, liberada de toda soberbia y presunción. Así la Virgen se mostró a santa Bernardette, hace 150 años, en Lourdes, y así se la venera en tantos santuarios. Hoy por la tarde, según la tradición, también yo Le rendiré homenaje ante el monumento dedicado a Ella en la Plaza de España. Invocamos ahora con confianza a la Virgen Inmaculada, recordando con el Ángelus las palabras del Evangelio, que la liturgia de hoy propone para nuestra meditación. |
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| Modificado el ( sábado, 13 de diciembre de 2008 ) |
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