Macro y micro justicia en las relaciones económicas Imprimir E-Mail
Escrito por cct   
lunes, 16 de marzo de 2009

Imagen de muestraEncuentro del Santo Padre con los párrocos romanos (III)

Pregunta sobre la justicia social de un párroco de suburbios

Benedicto XVI: Ante todo, quisiera agradecer al cardenal vicario su palabra de confianza: Roma puede dar más candidatos para la mies del Señor. Sobre todo tenemos que rezar al Señor de la mies, pero también poner nuestra parte para animar a los jóvenes a decirle que sí al Señor. Y, claro está, los sacerdotes jóvenes están llamados a dar el ejemplo a la juventud de hoy de que es bueno trabajar para el Señor. En este sentido, estamos llenos de esperanza. Pidamos al Señor y hagamos lo que nos corresponde.
 

Respondo ahora a esta pregunta, que toca el punto sensible de los problemas de nuestro tiempo. Yo haría una distinción entre dos niveles. El primero es el nivel de la macroeconomía, que después se hace realidad y alcanza hasta al último ciudadano, que padece las consecuencias de una construcción equivocada. Como es natural, denunciar esto es un deber de la Iglesia. Como sabéis, desde hace mucho tiempo estamos preparando una encíclica sobre estos argumentos. Y en este largo camino veo cómo es difícil hablar con competencia, pues si no se  afronta con competencia la realidad económica no se puede ser creíble. Y, por otra parte, hay que hablar con una gran  conciencia ética, creada y suscitada por por una conciencia forjada por el Evangelio. Por tanto, hay que denunciar esos errores fundamentales, los errores de fondo, que se han manifestado ahora con la quiebra de los grandes bancos estadounidenses. Al final, se trata de la avaricia humana como pecado o, como dice la Carta a los Colosenses, de la avaricia como idolatría. Nosotros debemos denunciar esa idolatría que se opone al Dios verdadero y que falsifica la imagen de Dios a través de otro dios, "mamón". Debemos hacerlo con valentía, pero también siendo concretos. Porque los grandes moralismos no son de  ayuda si no se basan en el conocimiento  de la realidad, que ayuda también a entender qué se puede hacer en concreto para cambiar paulatinamente la situación. Y, claro está, para poder hacerlo son necesarios el conocimiento de esa verdad y la buena voluntad de todos.
 

Nos encontramos ante el punto central: ¿existe realmente el pecado original? Si no existiese, podríamos apelar a la razón lúcida, con argumentos accesibles a todos e irrefutables, y a la buena voluntad que se da en todos. Sólo con eso ya podríamos proceder adecuadamente y reformar a la humanidad. Pero no es así: la razón --también la nuestra también-- está ofuscada; lo vemos todos los días. Porque el egoísmo, la raíz de la avaricia, consiste en quererme a mí mismo por encima de todo y en querer al mundo en función de mí mismo. Se da en todos nosotros. Se trata de la ofuscación de la razón, que puede ser muy docta, con argumentos científicos sumamente hermosos y que, sin embargo, puede estar ofuscada por falsas premisas. Así avanza con gran inteligencia y con grandes avances por el camino equivocado. Como dicen los Padres [de la Iglesia ndt.], la voluntad también está "torcida": no trata simplemente de hacer el bien, sino que se busca sobre todo a sí mismo o busca el bien del propio grupo. Por este motivo, no es fácil encontrar realmente el camino de la razón, de la razón verdadera, se desarrolla con dificultad con el diálogo. Sin la luz de la fe, que penetra las tinieblas del pecado original, la razón no puede seguir adelante. Pero precisamente la fe se topa después con la resistencia de nuestra voluntad. No quiere ver el camino, que constituiría  un camino de renuncia a sí mismo y de corrección de la voluntad propia a favor del otro, no de uno mismo.
 

Por eso yo diría que se necesita la denuncia razonable y razonada de los errores, no con grandes moralismos, sino con razones concretas que resultan comprensibles en el mundo económico de hoy. La denuncia es importante, es un mandato para la Iglesia desde siempre. Sabemos que en la nueva situación que se creó con el mundo industrial, la doctrina social de la Iglesia, empezando por León XIII, trata de realizar estas denuncias --y no sólo las denuncias, que no son suficientes--, sino también mostrar los difíciles senderos en los que, paso a paso, se exige el asentimiento de la razón y el asentimiento de la voluntad, junto a la corrección de mi conciencia, para renunciar a la propia voluntad, en cierto sentido, a mí mismo para poder colaborar en el objetivo verdadero de la vida humana, de la humanidad.
 

Dicho esto, la Iglesia tiene siempre el deber de permanecer vigilante, de buscar ella misma con sus mejores fuerzas las razones del mundo económico, de entrar en ese razonamiento y de iluminar este razonamiento con la fe que nos libera del egoísmo del pecado original. Es tarea de la Iglesia entrar en este discernimiento, en este razonamiento; hacerse oír, incluso a los diferentes niveles nacionales e internacionales, para ayudar y corregir. Y no es tarea fácil, ya que muchos intereses personales y de grupos nacionales se oponen a una corrección radical. Quizá es  pesimismo, pero a mí me parece realismo: mientras se dé el pecado original, nunca alcanzaremos una corrección radical y total. Sin embargo, debemos hacer todo lo posible para lograr correcciones que al menos sean provisionales, suficientes para permitir que viva la humanidad y para obstaculizar el dominio del egoísmo, que se presenta bajo pretextos de ciencia y de economía nacional e internacional.
 

Éste es el primer nivel. El otro consiste en ser realistas. Darse cuenta de que esos grandes objetivos de la macrociencia no se realizan en la microciencia --la macroeconomía en la microeconomía-- sin la conversión de los corazones. Si no hay justos, tampoco hay justicia. Tenemos que aceptarlo. Por este motivo, la educación en la justicia es un objetivo prioritario, incluso podríamos decir que es la prioridad. Porque san Pablo dice que la justificación es el efecto de la obra de Cristo, no es un concepto abstracto relacionado con pecados que hoy no nos interesan, sino que se refiere precisamente a la justicia integral. Sólo Dios puede dárnosla, pero nos la da con nuestra cooperación a diferentes niveles, a todos los niveles posibles.
 

La justicia no puede crearse en el mundo sólo con buenos modelos económicos, aunque éstos sean necesarios. La justicia sólo se realiza si hay justos. Y no hay justos sin la labor humilde, diaria, de convertir los corazones. Y de crear justicia en los corazones. Sólo así se expande también la justicia correctiva. Por eso la labor del párroco es tan fundamental no sólo para la parroquia, sino para la humanidad. Porque si no hay justos, como he dicho, la justicia se queda en algo abstracto. Y las buenas estructuras no se realizan si cuentan con la oposición del egoísmo, incluso el de personas competentes.
 

Nuestra obra  humilde, diaria, es fundamental para alcanzar los grandes objetivos de la humanidad. Y tenemos que trabajar juntos a todos los niveles. La Iglesia universal debe denunciar, pero también anunciar lo que se puede hacer y cómo se puede hacer. Las conferencias episcopales y los obispos deben actuar. Pero todos debemos educar en la justicia. Creo que aún hoy resulta auténtico y realista el diálogo de Abraham con Dios (Génesis 18, 22-33), cuando el primero dice: ¿Destruirás realmente a la ciudad? Tal vez haya cincuenta justos, tal vez diez. Y diez justos resultan suficientes para que la ciudad sobreviva. Por eso debemos hacer lo necesario para educar y garantizar por lo menos a diez justos, pero si es posible a muchos más. Con nuestro anuncio permitimos que haya muchos justos, que se haga realmente presente la justicia en el mundo.
 

Por tanto, los dos niveles son inseparables. Si, por una parte, no anunciamos la macrojusticia, la microjusticia no crece. Pero, por otra, si no hacemos la muy humilde labor de la microjusticia, tampoco crecerá la macrojusticia. Y siempre, como dije en mi primera encíclica, con todos los sistemas que pueden crecer en el mundo, además de la justicia que buscamos sigue siendo necesaria la caridad. Abrir los corazones a la justicia y a la caridad es educar en la fe, es guiar hacia Dios.   


 
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