El Año Sacerdotal, una oportunidad de renovación interior Imprimir E-Mail
Escrito por cct   
viernes, 03 de julio de 2009

Imagen de muestraBenedicto XVI: Intervención durante la Audiencia General 1. 7. 09
Con la
celebración de las Primeras Vísperas de la solemnidad de los santos  apóstoles Pedro y Pablo en la Basílica de San Pablo Extramuros se ha cerrado,  como sabéis, el 28 de junio, el Año Paulino, en recuerdo del segundo milenio del  nacimiento del Apóstol de los Gentiles. Damos gracias al Señor por los frutos  espirituales que esta importante ini ciativa ha aportado a tantas comunidades  cristianas.

Como preciosa herencia del Año Paulino, podemos recoger la  invitación del Apóstol a profundizar en el conocimiento del misterio de Cristo,  para que sea Él el corazón y el centro de nuestra existencia personal y  comunitaria. Ésta es, de hecho, la condición indispensable para una verdadera  renovación espiritual y eclesial. Como subrayé ya durante la primera Celebración  eucarística en la Capilla Sixtina tras mi elección como sucesor del Apóstol San  Pedro, es precisamente de la plena comunión con Cristo de donde “brotan todos los  demás elementos de la vida de la Iglesia, en primer lugar la comunión entre  todos los fieles, el empeño de anunciar y dar tetsimonio del Evangelio, el ardor  de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños” (Cf.  Enseñanzas, I, 2005, pp. 8-13). Esto vale en primer lugar para los  sacerdotes. Por esto doy gracias a la Providencia divina que nos ofrece ahora la  posibilidad de celebrar el Año Sacerdotal. Auguro de corazón que éste constituya  para cada sacerdote una oportunidad de renovación interior y, en consecuencia,  de firme revigorización en el compromiso hacia la propia misión.
 

Como durante el Año Paulino nuestra referencia constante ha sido san Pablo,  así en los próximos meses miraremos en primer lugar a san Juan María Vianney, el  santo Cura de Ars, recordando el 150 aniversario de su muerte. En la carta que  he escrito para esta ocasión a los sacerdotes, he querido subrayar lo que  resplandece sobre todo en la existencia de este humilde ministro del altar: “su  total identificación con el propio ministerio”. Él solía decir que “un buen  pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen  Dios puede conceder a una parroquia y uno de los dones más preciosos de la  misericordia divina”. Y casi sin poder concebir la grandeza del don y de  la tarea confiados a una pobre criatura humana, suspiraba: “¡Oh, qué  grande es el sacerdote!... si se comprendiera a sí mismo, moriría... Dios le  obedece: él pronuncia dos palabras y Nuestro Señor desciende del cielo a su voz  y se mete en una pequeña hostia”.
 

En verdad, precisamente considerando el binomio “identidad-misión”, cada  sacerdote puede advertir mejor la necesidad de esa progresiva identificación con  Cristo que le garantiza la fidelidad y la fecundidad del testimonio evangélico.  El mismo título del Año Sacerdotal – Fidelidad de Cristo, fidelidad del  sacerdote – evidencia que el don de la gracia divina precede toda posible  rspuesta humana y realización pastoral, y así, en la vida del sacerdote,  anuncio misionero y culto no son separables nunca, como tampoco se separan la  identidad ontológico-sacramental y la misión evangelizadora. Por lo demás, el fin  de la misión de todo presbítero, podríamos decir, es “cultual”: para que todos  los hombres puedan ofrecerse a Dios como hostia viva, santa, agradable a Él (Cf.  Rm 12,1), que en la misma creación, en los hombres, se convierte en culto,  alabanza del Creador, recibiendo aquella caridad que estan llamados a  dispensarse abundantemente unos a otros. Lo advertimos claramente en los inicios  del cristianismo. San Juan Crisóstomo decía, por ejemplo, que el sacramento del  altar y el “sacramento del hermano”, o, como dice, el “sacramento del pobre”,  constituyen dos aspectos del mismo misterio. El amor al prójimo, la atención  a la justicia y a los pobres, no son solamente temas de una moral social, sino  más bien expresión de una concepción sacramental de la moralidad cristiana, porque, a través del ministerio de los presbíteros, se realiza el sacrificio  espiritual de todos los fieles, en unión con el de Cristo, único Mediador:  sacrificio que los presbíteros ofrecen de forma incruenta y sacramental en espera  de la nueva venida del Señor. Ésta es la principal dimensión, esencialmente  misionera y dinámica, de la identidad y del ministerio sacerdotal: a través del  anuncio del Evangelio engendran en la fe a aquellos que aún no creen, para que  puedan unir el sacrificio de Cristo a su sacrificio, que se traduce en amor a Dios y al prójimo.
 

Queridos hermanos y hermanas, frente a tantas incertidumbres y cansancios,  también en el ejercicio del ministerio sacerdotal es urgente recuperar un  juicio claro e inequívoco sobre el primado absoluto de la gracia divina,  recordando lo que escribe santo Tomás de Aquino: “El más pequeño don de la  gracia supera el bien natural de todo el universo” (Summa Theologiae,  I-II, q. 113, a. 9, ad 2). La misión de cada presbítero dependerá, por tanto,  también y sobre todo de la conciencia de la realidad sacramental de su “nuevo  ser”. De la certeza de su propia identidad, no construida artificialmente sino  dada y acogida gratuitamente y divinamente, depende siempre el renovado  entusiasmo del sacerdote por su misión. También para los prebíteros vale lo que he escrito en la Encíclica Deus caritas est: “En el origen del ser  cristiano no hay una decisión ética o una gran idea, sino más bien el encuentro  con un acontecimiento, con una Pe rsona, que trae a la vida un nuevo horizonte y  con ello la dirección decisiva” (n. 1).
 

Habiendo recibido un tan extraordinario don de la gracia con su  “consagración”, los presbíteros se convierten en testigos permanentes de su  encuentro con Cristo. Partiendo precisamente de esta conciencia interior, éstos  pueden llevar a cabo plenamente su “misión”, mediante el anuncio de la Palabra y  la administración de los Sacramentos. Tras el Concilio Vaticano II, se ha  producido aquí la impresión de que en la misión de los sacerdotes, en este tiempo  nuestro, haya algo más urgente; algunos creían que se debía construir en  primer lugar una sociedad distinta. La página evangélica que hemos escuchado al  principio llama, en cambio, la atención sobre los dos elementos esenciales del  ministerio sacerdotal. Jesús envía, en aquel tiempo y a hora, a los Apóstoles a  anunciar el Evangelio y les da el poder de cazar a los espíritus malignos.  “Anuncio” y “poder”, es decir, “palabra” y “sacramento”, son por tanto las dos  comunes fundamentales del servicio sacerdotal, más allá de sus posibles  múltiples configuraciones.
 

Cuando no se tiene en cuenta el “díptico” consagración-misión, resulta  verdaderamente difícil comprender la identidad del presbítero y de su ministerio  en la Iglesia. ¿Quién es de hecho el presbítero, si no un hombre convertido y  renovado por el Espíritu, que vive de la relación personal con Cristo, haciendo  constantemente propios los criterios evangélicos? ¿Quién es el presbítero, si no  un hombre de unidad y de verdad, consciente de sus propios límites y, al mismo  tiempo, de la extraordinaria grand eza de la vocación recibida, la de ayudar a  extender el Reino de Dios hasta los extremos confines de la tierra? ¡Sí! El  sacerdote es un hombre todo del Señor, porque es Dios mismo quien le llama y le  constituye en su servicio apostólico. Y precisamente siendo todo del Señor, es  todo de los hombres, para los hombres. Durante este Año Sacerdotal, que se  extenderá hasta la próxima Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, oremos por  todos los sacerdotes. Que se mutlipliquen en las diócesis, en las parroquias, en  las comunidades religiosas (especialmente en las monásticas), en las asociaciones  y los movimientos, en las diversas agregaciones pastorales presentes en todo el  mundo, iniciativas de oración y, en particular, de adoración eucarística, por la  santificación del clero y por las vocaciones sacerdotales, respondiendo a la  invitación de Jesús a orar “al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”  (Mt 9,38). La oración es la primera tarea, el verdadero camino de  santificación de los sacerdotes, y el alma de la auténtica “pastoral  vocacional”. La escasez numérica de ordenaciones sacerdotales en algunos países  no sólo no debe desanimar, sino que debe empujar a multiplicar los espacios de  silencio y de escucha de la Palabra, a cuidar mejor la dirección espiritual y el  sacramento de la confesión, para que la voz de Dios, que siempre sigue llamando y  confirmando, pueda ser escuchada y prontamente seguida por muchos jóvenes. Quien  reza no tiene miedo; quien reza nunca está solo; ¡quien reza se salva! Modelo de  una existencia hecha oración es sin duda san Juan María Vianney. María, Madre de  la Iglesia, ayude a todos los sacerdotes a seguir su ejemplo para ser, como él, testigos de Cristo y apóstoles del Evangelio.
 

Benedicto XVI: Cristo, verdadero obispo de nuestras almas
Homilía en la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. 29. 6. 09
 

Dirijo a todos mi saludo cordial con las palabras del Apóstol junto a cuya  tumba nos encontramos: “A vosotros gracia y paz abundantes” (1Pe 1, 2).  Saludo, en particular, a los Mie mbros de la Delegación del Patriarcado Ecuménico  de Costantinopla y a los numerosos Metropolitanos que hoy reciben el Palio. En la  colecta de esta jornada solemne, pedimos al Señor “que la Iglesia siga siempre la  enseñanza de los Apóstoles de los cuales ha recibido el primer anuncio de la  fe”. La petición que dirigimos a Dios nos interpela al mismo tiempo a nosotros  mismos: ¿Seguimos nosotros las enseñanzas de los grandes Apóstoles fundadores?  ¿Los conocemos verdaderamente? En el Año Paulino que se concluyó ayer hemos  intentado escucharle de modo nuevo a él, el “maestro de los gentiles”, y de  aprender así nuevamente el alfabeto de la fe. Hemos intentado reconocer con  Pablo y mediante Pablo a Cristo y de encontrar así el camino del recto camino  cristiano. En el Cánon del Nuevo Testamento, además de las Cartas de San Pablo,  hay también dos Cartas bajo el nombre de San Pedro. La primera de ellas concluye  explícitamente con un saludo desde Roma, que sin embargo aparece bajo el  apocalíptico sobrenombre de Babilonia: “Os saluda la que está en Babilonia,  elegida como vosotros” (5, 13). Llamando a la Iglesia de Roma la “co-elegida”,  la coloca en la gran comunidad de todas las Iglesias locales, en la comunidad de  todos aquellos que Dios ha congregado, para que en la “Babilonia” del tiempo de  este mundo construyan su Pueblo y hagan entrar a Dios en la historia. La  Primera Carta de San Pedro es un saludo dirigido desde Roma a la entera  cristiandad de todos los tiempos. Nos invita a escuchar “la enseñanza de los  Apóstoles” que nos indica el camino hacia la vida.
 

Esta Carta es un texto riquísimo, que procede del corazón y que toca el  corazón. Su centro es -¿cómo podría ser de otra manera?- la figura de Cristo,  que es presentado como Aquel que sufre y que ama, como Crucificado y Resucitado:  “el que al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba...  con cuyas heridas habéis sido curados” (1Pe 2, 23s). Partiendo del centro  que es Cristo, la Carta constituye también una introducción a los fundamentales  Sacramentos cristianos del Bautismo y de la Eucaristía y un discurso dirigido a  los sacerdotes, en el que Pedro se muestraa como co-presbítero con ellos. Él  habla a los Pastores de todas las generaciones como aquel que ha sido encargado  personalmente por el Señor de apacentar a sus ovejas y que ha recibido así de  modo particular un mandato sacerdotal. Por tanto, ¿qué nos dice san Pedro  -precisamente en el Año Sacerdotal- sobre la tarea del sacerdote? Ante todo, él  comprende el ministerio sace rdotal totalmente a partir de Cristo. Llama a Cristo  el “pastor y guardián de vuestras almas” (2, 25). Donde la traducción italiana  habla de “guardián”, en el texto griego está la palabra epíscopos  (obispo). Un poco más adelante, Cristo es llamado Pastor Supremo:  archipoimen (5, 4). Sorprende que Pedro llame al propio Cristo obispo –obispo de las almas-. ¿Qué quiere decir con esto? En la palabra griega  “episcopos” está contenido el verbo “ver”; por esto ha sido traducida  como “guardián”, es decir, “vigilante”. Pero ciertamente no se entiende como una  vigilancia externa, como refiriéndose quizás a un guardián carcelero. Se  entiende más bien como un ver desde lo alto, un ver a partir de la altura de  Dios. Un ver en la perspectiva de Dios es una visión del amor que quiere serv ir  al otro, quiere ayudarlo a llegar a ser plenamente él mismo. Cristo es el  “obispo de las almas”, nos dice Pedro. Esto significa: Él nos ve desde la  perspectiva de Dios. Mirando a partir de Dios, se tiene una visión de conjunto,  se ven los peligros y también las esperanzas y las posibilidades. En la  perspectiva de Dios se ve la esencia, se ve al hombre interior. Si Cristo es el  obispo de las almas, el objetivo es evitar que el alma del hombre se haga  miserable, es evitar que el hombre pierda su esencia, la capacidad para la  verdad y para el amor. Hacer que llegue a conocer a Dios; que no se pierda en  callejones sin salida; que no se pierda en el aislamiento, sino que permanezca  abierto a lo demás. Jesús, el “obispo de las almas” es el prototipo de todo  ministerio episcopal y sacerdotal. Ser obispo, ser sacerdote significa, en esta  perspectiva, asumir la posición de Cristo. Pensar, ver y actuar a p artir de su  posición elevada. A partir de Él, estar a disposición de los hombres, para que  encuentren la vida.
 

Así, la palabra “obispo” se acerca mucho al término “pastor”; es más, los dos  conceptos son intercambiables. La tarea del pastor es apacentar y guardar al  rebaño y conducirlo a los pastos adecuados. Apacentar al rebaño quiere decir  tener cuidado de que las ovejas encuentren el alimento adecuado, se sacie su  hambre y se apague su sed. Más allá de la metáfora, esto significa: la palabra  de Dios es el alimento del que el hombre tiene necesidad. Hacer cada vez  presente de nuevo la palabra de Dios y alimentar así a los hombres es la tarea  del buen Pastor. Y él debe saber resistir a los enemigos, a los lobos. Debe ir  por delante, indicar el camino, conservar la unidad del rebaño. Pedro, en su  discurso a los presbíteros, pone de manifi esto una cosa muy importante. No basta  con hablar. Los pastores deben ser “modelos para el rebaño” (5, 3). La palabra  de Dios es traída desde el pasado al presente, cuando es vivida. Es maravilloso  ver cómo en los santos la Palabra de Dios se convierte en una Palabra dirigida a  nuestro tiempo. En figuras como san Francisco y de nuevo como el Padre Pío y tantos  otros, Cristo se convierte en verdaderamente contemporáneo de su generación,  sale del pasado y entra en el presente. Esto significa ser Pastor, modelo del  rebaño: vivir la palabra ahora, en la gran comunidad de la santa Iglesia.
 

Quisiera aún muy brevemente llamar la atención sobre otras dos afirmaciones  de la Primera Carta de San Pedro, que tienen que ver de modo especial con  nosotros, con nuestro tiempo. Está ante todo la frase descubierta hoy  nuevamente, en base a la cual los teólogos medievales comprendieron su tarea, la  tarea del teólogo: “dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre  dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (3,  15). La fe cristiana es esperanza. Abre el camino hacia el futuro. Y es una  esperanza que es razonable; una esperanza cuya razón podemos y debemos exponer.  La fe procede de la Razón eterna que ha entrado en nuestro mundo y nos ha  mostrado al verdadero Dios. Va más allá de la capacidad propia de nuestra razón,  así como el amor va más allá de la simple inteligencia. Pero la fe habla a la  razón y en la confrontación dialéctica puede mantenerse en pie ante la razón. No  la contradice, sino que va al paso con ella y, al mismo tiempo, conduce más allá  de ella -introduce en la Razón más grande de Dios. Como Pastores de nuestro  tiempo, tenemos el deber de ser los primeros en comprender las razones de la fe. La  tarea de no dejarla quedarse en una mera tradición, sino de reconocerla como  respuesta a nuestras preguntas. La fe exige nuestra participación racional, que  se profundiza y se purifica en un compartir el amor. Forma parte de nuestros  deberes como pastores penetrar la fe con el pensamiento para ser capaces de  mostrar la razón de nuestra esperanza en la discusión de nuetsro tiempo. Con  todo, el pensar -aún tan necesario- por sí solo no basta. En su catequesis  bautismal y eucarística en el segundo capítulo de su carta, Pedro alude al Salmo  usado en la Iglesia antigua en el contexto de la comunión, al versículo que  dice: “si es que habéis gustado que el Señor es bueno” (Sal 34 [33], 9;  1 Pe 2, 3). Sólo el gustar lleva al ver. Pensemos en los discípulos de  Emaús: sólo en la comunión convivida con Jesús, sólo en la fracción del pan se  abren sus ojos. Sólo en la comunión con el Señor experimentada verdaderamente  ellos consiguen ver. Esto vale para todos nosotros: más allá de pensar y de  hablar, necesitamos la experiencia de la fe; de la relación vital con  Jesucristo. La fe no puede quedarse en teorías: debe ser vida. Si encontramos al  Señor en el Sacramento; si en la oración hablamos con Él; si en las decisiones  cotidianas nos adherimos a Cristo, entonces “vemos” cada vez más cuán bueno es  Él. Entonces experimentamos que es bueno estar con Él. De esta certeza vivida  deriva también la capacidad de comunicar la fe a los demás de forma creíble. El  Cura de Ars no era un gran pensador. Pero él “gustaba” al Señor. Vivía con Él  hasta en las minucias del día a día más que en las grandes exigencias del  ministerio pastoral. De este modo se convirtió en “uno que ve”. Había gustado, y  por ello sabía que el Señor es bueno. Oremos al Señor, para que nos dé este  gustar y podamos así convertirnos en testigos creíbles de la esperanza que está  en nosotros.
 

Finalmente, quisiera hacer notar también una pequeña pero importante palabra  de san Pedro. Precisamente al principio de la Carta, él nos dice que la meta de  nuestra fe es la salvación de las almas (cfr 1, 9). En el mundo del lenguaje y  del pensamiento de la cristiandad actual, ésta es una afirmación extraña, para  algunos incluso escandalosa. La palabra “alma” ha caído en descrédito. Se dice  que esto llevaría a una división del hombre en espíritu y físico, en alma y en  cuerpo, mientras que en rea lidad sería una unidad indivisible. Además, “la  salvación de las almas” como meta de la fe parece indicar un cristianismo  individualista, una pérdida de responsabilidad hacia el mundo en su conjunto, en  su corporeidad y en su materialidad. Pero de todo esto no se encuentra nada en  la Carta de san Pedro. El celo por el testimonio a favor de la esperanza y la  responsabilidad hacia los demás caracterizan a todo el texto. Para comprender la  palabra sobre la salvación de las almas como meta de la fe, debemos partir desde  otro lado. Sigue siendo cierto que el descuido de las almas, la miseria del  hombre interior, no destruye sólo al individuo, sino que amenaza al destino de la  humanidad en su conjunto. Sin curación de las almas, sin curación del hombre  desde dentro, no puede haber salvación para la humanidad. La verdadera  enfermedad de las almas, San Pedro, para nuestra sorpresa, la considera la ignorancia, es decir, desconocimiento de Dios. Quien no conoce a Dios, quien al  menos no lo busca sinceramente, se queda fuera de la verdadera vida (cfr 1  Pe 1, 14). Aún otra palabra de la Carta puede sernos útil para entender  mejor la fórmula “salvación de las almas”: “Purificad vuestras almas con la  obediencia a la verdad” (cfr 1, 22). Es la obediencia a la verdad la que  purifica el alma. Y es el convivir con la mentira la que la contamina. La  obedicencia a la verdad comienza con las pequeñas verdades cotidianas, que a  menudo pueden ser fatigosas y dolorosas. Esta obediencia se extiende finalmente  a la obediencia sin reservas frente a la Verdad misma que es Cristo. Esta  obediencia nos hace no sólo puros, sino sobre todo también libres para el  servicio a Cristo y así para la salvación del mundo, que siempre comienza por la  purificación obediente de la propia alma m ediante la verdad. Podemos indicar el  camino hacia la verdad sólo si nosotros mismos -con obediencia y paciencia- nos  dejamos purificar por la verdad.
 

Y ahora me dirijo a vosotros, queridos hermanos en el episcopado, que ahora  recibiréis de mi mano el Palio. Ha sido tejido con la lana de los corderos que  el Papa bendice en la fiesta de santa Inés. De este modo, éste recuerda los  corderos y las ovejas de Cristo, que el Señor resucitado ha confiado a Pedro con  la tarea de apacentarlos (cfr Jn 21, 15-18). Recuerda el rebaño de  Jesucristo, al que vosotros, queridos hermanos, debéis apacentar en comunión con  Pedro. Nos recuerda al mismo Cristo, que como Buen Pastor ha tomado sobre sus  hombros a la oveja perdida, la humanidda, para devolverla a casa. Nos recuerda  el hecho de que Él, el Pastor supremo, ha querido hacerse Él mismo Cordero, para  cargar desde dentro con el destino de todos nosotros; para llevarnos y curarnos  desde dentro. Queremos orar al Señor, para que nos conceda seguir sus huellas  como pastores justos, “no por obligación, sino de buen grado, como agrada a  Dios... con ánimo generoso  modelos del rebaño” (1 Pe 5, 2s). Amen.
 

Modificado el ( viernes, 03 de julio de 2009 )
 
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