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Benedicto XVI: Intervención durante la Audiencia General 1. 7. 09 Con la celebración de las Primeras Vísperas de la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo en la Basílica de San Pablo Extramuros se ha cerrado, como sabéis, el 28 de junio, el Año Paulino, en recuerdo del segundo milenio del nacimiento del Apóstol de los Gentiles. Damos gracias al Señor por los frutos espirituales que esta importante ini ciativa ha aportado a tantas comunidades cristianas.
Como preciosa herencia del Año Paulino, podemos recoger la invitación del Apóstol a profundizar en el conocimiento del misterio de Cristo, para que sea Él el corazón y el centro de nuestra existencia personal y comunitaria. Ésta es, de hecho, la condición indispensable para una verdadera renovación espiritual y eclesial. Como subrayé ya durante la primera Celebración eucarística en la Capilla Sixtina tras mi elección como sucesor del Apóstol San Pedro, es precisamente de la plena comunión con Cristo de donde “brotan todos los demás elementos de la vida de la Iglesia, en primer lugar la comunión entre todos los fieles, el empeño de anunciar y dar tetsimonio del Evangelio, el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños” (Cf. Enseñanzas, I, 2005, pp. 8-13). Esto vale en primer lugar para los sacerdotes. Por esto doy gracias a la Providencia divina que nos ofrece ahora la posibilidad de celebrar el Año Sacerdotal. Auguro de corazón que éste constituya para cada sacerdote una oportunidad de renovación interior y, en consecuencia, de firme revigorización en el compromiso hacia la propia misión.
Como durante el Año Paulino nuestra referencia constante ha sido san Pablo, así en los próximos meses miraremos en primer lugar a san Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, recordando el 150 aniversario de su muerte. En la carta que he escrito para esta ocasión a los sacerdotes, he querido subrayar lo que resplandece sobre todo en la existencia de este humilde ministro del altar: “su total identificación con el propio ministerio”. Él solía decir que “un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”. Y casi sin poder concebir la grandeza del don y de la tarea confiados a una pobre criatura humana, suspiraba: “¡Oh, qué grande es el sacerdote!... si se comprendiera a sí mismo, moriría... Dios le obedece: él pronuncia dos palabras y Nuestro Señor desciende del cielo a su voz y se mete en una pequeña hostia”.
En verdad, precisamente considerando el binomio “identidad-misión”, cada sacerdote puede advertir mejor la necesidad de esa progresiva identificación con Cristo que le garantiza la fidelidad y la fecundidad del testimonio evangélico. El mismo título del Año Sacerdotal – Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote – evidencia que el don de la gracia divina precede toda posible rspuesta humana y realización pastoral, y así, en la vida del sacerdote, anuncio misionero y culto no son separables nunca, como tampoco se separan la identidad ontológico-sacramental y la misión evangelizadora. Por lo demás, el fin de la misión de todo presbítero, podríamos decir, es “cultual”: para que todos los hombres puedan ofrecerse a Dios como hostia viva, santa, agradable a Él (Cf. Rm 12,1), que en la misma creación, en los hombres, se convierte en culto, alabanza del Creador, recibiendo aquella caridad que estan llamados a dispensarse abundantemente unos a otros. Lo advertimos claramente en los inicios del cristianismo. San Juan Crisóstomo decía, por ejemplo, que el sacramento del altar y el “sacramento del hermano”, o, como dice, el “sacramento del pobre”, constituyen dos aspectos del mismo misterio. El amor al prójimo, la atención a la justicia y a los pobres, no son solamente temas de una moral social, sino más bien expresión de una concepción sacramental de la moralidad cristiana, porque, a través del ministerio de los presbíteros, se realiza el sacrificio espiritual de todos los fieles, en unión con el de Cristo, único Mediador: sacrificio que los presbíteros ofrecen de forma incruenta y sacramental en espera de la nueva venida del Señor. Ésta es la principal dimensión, esencialmente misionera y dinámica, de la identidad y del ministerio sacerdotal: a través del anuncio del Evangelio engendran en la fe a aquellos que aún no creen, para que puedan unir el sacrificio de Cristo a su sacrificio, que se traduce en amor a Dios y al prójimo.
Queridos hermanos y hermanas, frente a tantas incertidumbres y cansancios, también en el ejercicio del ministerio sacerdotal es urgente recuperar un juicio claro e inequívoco sobre el primado absoluto de la gracia divina, recordando lo que escribe santo Tomás de Aquino: “El más pequeño don de la gracia supera el bien natural de todo el universo” (Summa Theologiae, I-II, q. 113, a. 9, ad 2). La misión de cada presbítero dependerá, por tanto, también y sobre todo de la conciencia de la realidad sacramental de su “nuevo ser”. De la certeza de su propia identidad, no construida artificialmente sino dada y acogida gratuitamente y divinamente, depende siempre el renovado entusiasmo del sacerdote por su misión. También para los prebíteros vale lo que he escrito en la Encíclica Deus caritas est: “En el origen del ser cristiano no hay una decisión ética o una gran idea, sino más bien el encuentro con un acontecimiento, con una Pe rsona, que trae a la vida un nuevo horizonte y con ello la dirección decisiva” (n. 1).
Habiendo recibido un tan extraordinario don de la gracia con su “consagración”, los presbíteros se convierten en testigos permanentes de su encuentro con Cristo. Partiendo precisamente de esta conciencia interior, éstos pueden llevar a cabo plenamente su “misión”, mediante el anuncio de la Palabra y la administración de los Sacramentos. Tras el Concilio Vaticano II, se ha producido aquí la impresión de que en la misión de los sacerdotes, en este tiempo nuestro, haya algo más urgente; algunos creían que se debía construir en primer lugar una sociedad distinta. La página evangélica que hemos escuchado al principio llama, en cambio, la atención sobre los dos elementos esenciales del ministerio sacerdotal. Jesús envía, en aquel tiempo y a hora, a los Apóstoles a anunciar el Evangelio y les da el poder de cazar a los espíritus malignos. “Anuncio” y “poder”, es decir, “palabra” y “sacramento”, son por tanto las dos comunes fundamentales del servicio sacerdotal, más allá de sus posibles múltiples configuraciones.
Cuando no se tiene en cuenta el “díptico” consagración-misión, resulta verdaderamente difícil comprender la identidad del presbítero y de su ministerio en la Iglesia. ¿Quién es de hecho el presbítero, si no un hombre convertido y renovado por el Espíritu, que vive de la relación personal con Cristo, haciendo constantemente propios los criterios evangélicos? ¿Quién es el presbítero, si no un hombre de unidad y de verdad, consciente de sus propios límites y, al mismo tiempo, de la extraordinaria grand eza de la vocación recibida, la de ayudar a extender el Reino de Dios hasta los extremos confines de la tierra? ¡Sí! El sacerdote es un hombre todo del Señor, porque es Dios mismo quien le llama y le constituye en su servicio apostólico. Y precisamente siendo todo del Señor, es todo de los hombres, para los hombres. Durante este Año Sacerdotal, que se extenderá hasta la próxima Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, oremos por todos los sacerdotes. Que se mutlipliquen en las diócesis, en las parroquias, en las comunidades religiosas (especialmente en las monásticas), en las asociaciones y los movimientos, en las diversas agregaciones pastorales presentes en todo el mundo, iniciativas de oración y, en particular, de adoración eucarística, por la santificación del clero y por las vocaciones sacerdotales, respondiendo a la invitación de Jesús a orar “al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,38). La oración es la primera tarea, el verdadero camino de santificación de los sacerdotes, y el alma de la auténtica “pastoral vocacional”. La escasez numérica de ordenaciones sacerdotales en algunos países no sólo no debe desanimar, sino que debe empujar a multiplicar los espacios de silencio y de escucha de la Palabra, a cuidar mejor la dirección espiritual y el sacramento de la confesión, para que la voz de Dios, que siempre sigue llamando y confirmando, pueda ser escuchada y prontamente seguida por muchos jóvenes. Quien reza no tiene miedo; quien reza nunca está solo; ¡quien reza se salva! Modelo de una existencia hecha oración es sin duda san Juan María Vianney. María, Madre de la Iglesia, ayude a todos los sacerdotes a seguir su ejemplo para ser, como él, testigos de Cristo y apóstoles del Evangelio. Benedicto XVI: Cristo, verdadero obispo de nuestras almas Homilía en la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. 29. 6. 09
Dirijo a todos mi saludo cordial con las palabras del Apóstol junto a cuya tumba nos encontramos: “A vosotros gracia y paz abundantes” (1Pe 1, 2). Saludo, en particular, a los Mie mbros de la Delegación del Patriarcado Ecuménico de Costantinopla y a los numerosos Metropolitanos que hoy reciben el Palio. En la colecta de esta jornada solemne, pedimos al Señor “que la Iglesia siga siempre la enseñanza de los Apóstoles de los cuales ha recibido el primer anuncio de la fe”. La petición que dirigimos a Dios nos interpela al mismo tiempo a nosotros mismos: ¿Seguimos nosotros las enseñanzas de los grandes Apóstoles fundadores? ¿Los conocemos verdaderamente? En el Año Paulino que se concluyó ayer hemos intentado escucharle de modo nuevo a él, el “maestro de los gentiles”, y de aprender así nuevamente el alfabeto de la fe. Hemos intentado reconocer con Pablo y mediante Pablo a Cristo y de encontrar así el camino del recto camino cristiano. En el Cánon del Nuevo Testamento, además de las Cartas de San Pablo, hay también dos Cartas bajo el nombre de San Pedro. La primera de ellas concluye explícitamente con un saludo desde Roma, que sin embargo aparece bajo el apocalíptico sobrenombre de Babilonia: “Os saluda la que está en Babilonia, elegida como vosotros” (5, 13). Llamando a la Iglesia de Roma la “co-elegida”, la coloca en la gran comunidad de todas las Iglesias locales, en la comunidad de todos aquellos que Dios ha congregado, para que en la “Babilonia” del tiempo de este mundo construyan su Pueblo y hagan entrar a Dios en la historia. La Primera Carta de San Pedro es un saludo dirigido desde Roma a la entera cristiandad de todos los tiempos. Nos invita a escuchar “la enseñanza de los Apóstoles” que nos indica el camino hacia la vida.
Esta Carta es un texto riquísimo, que procede del corazón y que toca el corazón. Su centro es -¿cómo podría ser de otra manera?- la figura de Cristo, que es presentado como Aquel que sufre y que ama, como Crucificado y Resucitado: “el que al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba... con cuyas heridas habéis sido curados” (1Pe 2, 23s). Partiendo del centro que es Cristo, la Carta constituye también una introducción a los fundamentales Sacramentos cristianos del Bautismo y de la Eucaristía y un discurso dirigido a los sacerdotes, en el que Pedro se muestraa como co-presbítero con ellos. Él habla a los Pastores de todas las generaciones como aquel que ha sido encargado personalmente por el Señor de apacentar a sus ovejas y que ha recibido así de modo particular un mandato sacerdotal. Por tanto, ¿qué nos dice san Pedro -precisamente en el Año Sacerdotal- sobre la tarea del sacerdote? Ante todo, él comprende el ministerio sace rdotal totalmente a partir de Cristo. Llama a Cristo el “pastor y guardián de vuestras almas” (2, 25). Donde la traducción italiana habla de “guardián”, en el texto griego está la palabra epíscopos (obispo). Un poco más adelante, Cristo es llamado Pastor Supremo: archipoimen (5, 4). Sorprende que Pedro llame al propio Cristo obispo –obispo de las almas-. ¿Qué quiere decir con esto? En la palabra griega “episcopos” está contenido el verbo “ver”; por esto ha sido traducida como “guardián”, es decir, “vigilante”. Pero ciertamente no se entiende como una vigilancia externa, como refiriéndose quizás a un guardián carcelero. Se entiende más bien como un ver desde lo alto, un ver a partir de la altura de Dios. Un ver en la perspectiva de Dios es una visión del amor que quiere serv ir al otro, quiere ayudarlo a llegar a ser plenamente él mismo. Cristo es el “obispo de las almas”, nos dice Pedro. Esto significa: Él nos ve desde la perspectiva de Dios. Mirando a partir de Dios, se tiene una visión de conjunto, se ven los peligros y también las esperanzas y las posibilidades. En la perspectiva de Dios se ve la esencia, se ve al hombre interior. Si Cristo es el obispo de las almas, el objetivo es evitar que el alma del hombre se haga miserable, es evitar que el hombre pierda su esencia, la capacidad para la verdad y para el amor. Hacer que llegue a conocer a Dios; que no se pierda en callejones sin salida; que no se pierda en el aislamiento, sino que permanezca abierto a lo demás. Jesús, el “obispo de las almas” es el prototipo de todo ministerio episcopal y sacerdotal. Ser obispo, ser sacerdote significa, en esta perspectiva, asumir la posición de Cristo. Pensar, ver y actuar a p artir de su posición elevada. A partir de Él, estar a disposición de los hombres, para que encuentren la vida.
Así, la palabra “obispo” se acerca mucho al término “pastor”; es más, los dos conceptos son intercambiables. La tarea del pastor es apacentar y guardar al rebaño y conducirlo a los pastos adecuados. Apacentar al rebaño quiere decir tener cuidado de que las ovejas encuentren el alimento adecuado, se sacie su hambre y se apague su sed. Más allá de la metáfora, esto significa: la palabra de Dios es el alimento del que el hombre tiene necesidad. Hacer cada vez presente de nuevo la palabra de Dios y alimentar así a los hombres es la tarea del buen Pastor. Y él debe saber resistir a los enemigos, a los lobos. Debe ir por delante, indicar el camino, conservar la unidad del rebaño. Pedro, en su discurso a los presbíteros, pone de manifi esto una cosa muy importante. No basta con hablar. Los pastores deben ser “modelos para el rebaño” (5, 3). La palabra de Dios es traída desde el pasado al presente, cuando es vivida. Es maravilloso ver cómo en los santos la Palabra de Dios se convierte en una Palabra dirigida a nuestro tiempo. En figuras como san Francisco y de nuevo como el Padre Pío y tantos otros, Cristo se convierte en verdaderamente contemporáneo de su generación, sale del pasado y entra en el presente. Esto significa ser Pastor, modelo del rebaño: vivir la palabra ahora, en la gran comunidad de la santa Iglesia.
Quisiera aún muy brevemente llamar la atención sobre otras dos afirmaciones de la Primera Carta de San Pedro, que tienen que ver de modo especial con nosotros, con nuestro tiempo. Está ante todo la frase descubierta hoy nuevamente, en base a la cual los teólogos medievales comprendieron su tarea, la tarea del teólogo: “dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (3, 15). La fe cristiana es esperanza. Abre el camino hacia el futuro. Y es una esperanza que es razonable; una esperanza cuya razón podemos y debemos exponer. La fe procede de la Razón eterna que ha entrado en nuestro mundo y nos ha mostrado al verdadero Dios. Va más allá de la capacidad propia de nuestra razón, así como el amor va más allá de la simple inteligencia. Pero la fe habla a la razón y en la confrontación dialéctica puede mantenerse en pie ante la razón. No la contradice, sino que va al paso con ella y, al mismo tiempo, conduce más allá de ella -introduce en la Razón más grande de Dios. Como Pastores de nuestro tiempo, tenemos el deber de ser los primeros en comprender las razones de la fe. La tarea de no dejarla quedarse en una mera tradición, sino de reconocerla como respuesta a nuestras preguntas. La fe exige nuestra participación racional, que se profundiza y se purifica en un compartir el amor. Forma parte de nuestros deberes como pastores penetrar la fe con el pensamiento para ser capaces de mostrar la razón de nuestra esperanza en la discusión de nuetsro tiempo. Con todo, el pensar -aún tan necesario- por sí solo no basta. En su catequesis bautismal y eucarística en el segundo capítulo de su carta, Pedro alude al Salmo usado en la Iglesia antigua en el contexto de la comunión, al versículo que dice: “si es que habéis gustado que el Señor es bueno” (Sal 34 [33], 9; 1 Pe 2, 3). Sólo el gustar lleva al ver. Pensemos en los discípulos de Emaús: sólo en la comunión convivida con Jesús, sólo en la fracción del pan se abren sus ojos. Sólo en la comunión con el Señor experimentada verdaderamente ellos consiguen ver. Esto vale para todos nosotros: más allá de pensar y de hablar, necesitamos la experiencia de la fe; de la relación vital con Jesucristo. La fe no puede quedarse en teorías: debe ser vida. Si encontramos al Señor en el Sacramento; si en la oración hablamos con Él; si en las decisiones cotidianas nos adherimos a Cristo, entonces “vemos” cada vez más cuán bueno es Él. Entonces experimentamos que es bueno estar con Él. De esta certeza vivida deriva también la capacidad de comunicar la fe a los demás de forma creíble. El Cura de Ars no era un gran pensador. Pero él “gustaba” al Señor. Vivía con Él hasta en las minucias del día a día más que en las grandes exigencias del ministerio pastoral. De este modo se convirtió en “uno que ve”. Había gustado, y por ello sabía que el Señor es bueno. Oremos al Señor, para que nos dé este gustar y podamos así convertirnos en testigos creíbles de la esperanza que está en nosotros.
Finalmente, quisiera hacer notar también una pequeña pero importante palabra de san Pedro. Precisamente al principio de la Carta, él nos dice que la meta de nuestra fe es la salvación de las almas (cfr 1, 9). En el mundo del lenguaje y del pensamiento de la cristiandad actual, ésta es una afirmación extraña, para algunos incluso escandalosa. La palabra “alma” ha caído en descrédito. Se dice que esto llevaría a una división del hombre en espíritu y físico, en alma y en cuerpo, mientras que en rea lidad sería una unidad indivisible. Además, “la salvación de las almas” como meta de la fe parece indicar un cristianismo individualista, una pérdida de responsabilidad hacia el mundo en su conjunto, en su corporeidad y en su materialidad. Pero de todo esto no se encuentra nada en la Carta de san Pedro. El celo por el testimonio a favor de la esperanza y la responsabilidad hacia los demás caracterizan a todo el texto. Para comprender la palabra sobre la salvación de las almas como meta de la fe, debemos partir desde otro lado. Sigue siendo cierto que el descuido de las almas, la miseria del hombre interior, no destruye sólo al individuo, sino que amenaza al destino de la humanidad en su conjunto. Sin curación de las almas, sin curación del hombre desde dentro, no puede haber salvación para la humanidad. La verdadera enfermedad de las almas, San Pedro, para nuestra sorpresa, la considera la ignorancia, es decir, desconocimiento de Dios. Quien no conoce a Dios, quien al menos no lo busca sinceramente, se queda fuera de la verdadera vida (cfr 1 Pe 1, 14). Aún otra palabra de la Carta puede sernos útil para entender mejor la fórmula “salvación de las almas”: “Purificad vuestras almas con la obediencia a la verdad” (cfr 1, 22). Es la obediencia a la verdad la que purifica el alma. Y es el convivir con la mentira la que la contamina. La obedicencia a la verdad comienza con las pequeñas verdades cotidianas, que a menudo pueden ser fatigosas y dolorosas. Esta obediencia se extiende finalmente a la obediencia sin reservas frente a la Verdad misma que es Cristo. Esta obediencia nos hace no sólo puros, sino sobre todo también libres para el servicio a Cristo y así para la salvación del mundo, que siempre comienza por la purificación obediente de la propia alma m ediante la verdad. Podemos indicar el camino hacia la verdad sólo si nosotros mismos -con obediencia y paciencia- nos dejamos purificar por la verdad.
Y ahora me dirijo a vosotros, queridos hermanos en el episcopado, que ahora recibiréis de mi mano el Palio. Ha sido tejido con la lana de los corderos que el Papa bendice en la fiesta de santa Inés. De este modo, éste recuerda los corderos y las ovejas de Cristo, que el Señor resucitado ha confiado a Pedro con la tarea de apacentarlos (cfr Jn 21, 15-18). Recuerda el rebaño de Jesucristo, al que vosotros, queridos hermanos, debéis apacentar en comunión con Pedro. Nos recuerda al mismo Cristo, que como Buen Pastor ha tomado sobre sus hombros a la oveja perdida, la humanidda, para devolverla a casa. Nos recuerda el hecho de que Él, el Pastor supremo, ha querido hacerse Él mismo Cordero, para cargar desde dentro con el destino de todos nosotros; para llevarnos y curarnos desde dentro. Queremos orar al Señor, para que nos conceda seguir sus huellas como pastores justos, “no por obligación, sino de buen grado, como agrada a Dios... con ánimo generoso modelos del rebaño” (1 Pe 5, 2s). Amen.
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