Ideas sobre la santa pureza y el celibato Imprimir E-Mail
Escrito por T. Doniphon   
martes, 22 de septiembre de 2009

Imagen de muestraLa llamada “pureza de corazón” (Mt 6, 1ss)

 

 

engloba 3 virtudes, que luchan contra la triple concupiscencia que tira del hombre hacia abajo: a. La castidad, b. el desprendimiento de los bienes materiales y c. la humildad;

las tres se oponen a la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Los religiosos profesan votos públicos; nosotros luchamos, sin embargo, viviendo estas virtudes con la fuerza del Bautismo. Por ello, hablar de pureza va más allá de hablar de castidad. En realidad, habría que hablar de todas las cosas de nuestra vida (porque todas forman el entramado de nuestra historia de amor con Jesucristo) y todas se pueden conquistar con la gracia de Dios: las normas de piedad, el afán apostólico, la pobreza, la rectitud de intención, la fraternidad, la confesión, el afán  por formarse… La pureza del corazón es, pues, algo central en la vida cristiana. Central en el sentido de aquello en torno a lo cual se construye y da sentido a todo.  

La santa pureza es santa por dos motivos: en primer lugar porque nos permite ver a Dios, pero también, en segundo lugar, porque Dios la concede cuando la pedimos con humildad. Si caemos en la cuenta, llevamos desde la más tierna infancia pidiéndosela al Señor: “Oh, Señora mía, Bendita sea tu pureza, Jesusito de mi vida, Tuyo soy, para ti nací…”

 

La castidad consiste en eliminar del impulso sexual toda muestra de egoísmo y hacerlo expresión de amor, de donación. El impulso sexual de los hombres no es como el de los animales, porque somos “hijos de Dios” (creados a su imagen, Gn 1, 26). Tiene, sí, un componente material, corpóreo, sensorial. Pero sobre todo un componente espiritual, afectivo. Seguramente un aspecto notorio y relevante del componente sensorial del impulso sea la “concupiscentia oculorum”, antes mencionada. Se guardan los ojos para Dios, si, primeramente, se ven a los demás con toda su dignidad de hijos de Dios, sin degradarles haciéndoles instrumentos del propio gusto. Juan Pablo II hablaba de “adulterio con el propio cónyuge” cuando éste es objeto de un amor –digamos- exclusivamente carnal. Existen otras degradaciones, que también acaban mal, y que tienen esta componente de ver en el otro sólo un aspecto parcial, que –curiosamente- es el que me conviene a mi interés egoísta. Por ejemplo, cuando en el trabajo, el jefe piensa del subordinado que éste es sólo un empleado, excluyendo sus otras facetas, como podría ser la de padre o madre de familia. Entonces la relación (profesional en este caso) se vicia, y aparecen los escaqueos o la desatención de las obligaciones familiares. Existe, por tanto, un curioso vínculo entre lo que somos y lo que vemos. Lo recoge la liturgia de la Misa al afirmar aquello de “porque al contemplarte como Tú eres, seremos para siempre semejantes a Ti”. Y lo recoge también esa cuña publicitaria de Europa FM: “eres lo que escuchas”.

 

La guarda del corazón tiene que ver con ese guardarse en el aspecto no corpóreo, pero que es un aspecto esencial de la virtud de la castidad. El recogimiento no está muy de moda. Se vive constantemente en el escaparate en lugar de la intimidad del hogar y del recogimiento. Me contaban hace poco de un colegio mayor en el que los planes de mayor éxito consistían no tanto en aquellas excursiones que cuadraran con el gusto de los residentes, sino aquellas en las que se pudieran obtener buenas fotos que poder colgar de Facebook (aunque la excursión en sí misma fuera poco apetecible o incluso desagradable). La guarda del corazón trata, entre otras cosas, de la prudencia de no mostrar la propia intimidad a quien no se debe. Vita vestra abscóndita est cum Christo in Deo. Y en Camino, en el n. 161, San Josemaría hace considerar si “no habré ido demasiado lejos en mis manifestaciones exteriores de afecto?”  En este sentido, los célibes no son distintos de los casados. Ambos deben vivir la guarda del corazón, aunque por motivos diferentes. En este ámbito de la guarda del corazón conviene, como en todos, no caer en la complicación y ser sencillos y sinceros, con uno mismo y con el buen pastor de nuestras almas.

 

Entrando en el celibato “propter regnum coelorum”, quiero decir que no es primariamente una cuestión de disponibilidad, o como una circunstancia externa. El celibato se vive a partir de una vocación determinada y específica. El celibato es don, vocación. Meus es tu. Dios quiere a alguien para sí exclusivamente, sin compartir con otros amores, sin que nadie sea instrumento para llegar a Él. Como el obrar sigue al ser, luego viene la disponibilidad para las labores de formación y de servicio en la Iglesia. Pero antes que para servir, o para tal labor, o para…, el celibato es para Dios. Y quien no tiene más dueño que Dios, podrá tener disponibilidad plena para estar donde su dueño Dios le ponga y vivir aquella definición del amor como “no poseerse, someterse venturosa y libremente a una voluntad ajena que es, a la vez, propia”. El celibato tiene un carácter esponsal con Cristo que Benedicto XVI explica: “No basta con comprender el celibato en términos meramente funcionales. No se trata de un medio para ahorrar más tiempo, como si se pensara: -“ya que no soy padre de familia, dispongo de más tiempo”. Aunque sea así, eso en si no sería más que una visión demasiado banal y pragmática. En realidad el celibato representa una especial configuración con el estilo de vida del propio Cristo. Dicha opción es, ante todo, esponsal”. Por eso es nuestro deseo, si vivimos el celibato por amor a Dios, “encontrar en el corazón de Cristo nuestra morada” (San Josemaría)

 

El celibato laical puede ser difícil de explicar. Se ha escrito poco al respecto, y como dice D. Álvaro del Portillo en “Escritos sobre el sacerdocio”, casi siempre desde una perspectiva del derecho, y no desde un enfoque de la teología espiritual. Y lo poco que se ha escrito ha sido sobre el celibato de los religiosos o de los sacerdotes. Este celibato vivido por laicos, existió en la Iglesia desde los comienzos, pero en el siglo II el celibato laical en medio del mundo fue absorbido por la condición sacerdotal y religiosa, de modo que esa riqueza de vida del Espíritu Santo ha subsistido hasta el siglo XX “a título personal”. En ese sentido, la figura de Isidoro Zorzano (primer numerario laico del Opus Dei) supone un salto de 19 siglos en la historia de la Iglesia, pues en nada se distingue de los cristianos corrientes y vive completamente entregado a una vocación de celibato apostólico.

 

En el fondo del celibato, hay una razón de gratuidad, de preferencia. Hay múltiples ejemplos en la Escritura que muestran que Dios tiene preferencias, que escoge a unos para algunas cosas y a otros no. Escoge a Jacob en vez de al primogénito Esaú (Gen 25, 21; Mal 1, 2). Escoge a unos apóstoles y no a otros, y dentro de ellos, hay algunos que son sus predilectos. Esto es un misterio, pero es así. Y aunque la Iglesia siempre ha reconocido la superioridad del celibato como estado al matrimonio, -sin dejar de hablar de la santidad de ambos caminos- desde luego, eso no significa que esos escogidos sean, de por sí, mejores que quienes no tienen el don del celibato. Su santidad depende de la correspondencia a la gracia de Dios, y ésta puede ser mayor, menor o igual que la del hombre casado. En el Opus Dei, cuya misión es proclamar la llamada universal a la santidad y entre cuyos miembros hay casados, solteros y célibes, todos tienen la misma obligación de tender a la santidad, en unidad de vocación (fines, medios).

 

Como relación esponsal que es, las leyes del celibato apostólico son las mismas: Uno, para siempre, abierto a la vida. Unidad. Que todos nuestros pensamientos y afectos sean para Dios. Rectitud de intención en todo. Así como el diálogo afectivo de los esposos (incluido el diálogo sexual) es el medio adecuado de expresión del cariño matrimonial, pienso que para quienes deben amar a Dios con exclusividad, ese medio es la vida de piedad. Cuando a san Josemaría le pedían (recuerdo por ejemplo en Brasil en 1974) que les recomendara una jaculatoria, respondía que “lo que yo os daría es una buena zurra. ¿A vuestros años tendré que deciros yo las cosas que tenéis que decirle a vuestro amor?”. Y hablando de sus padres, solía decir con frecuencia que se querían mucho, y concluía como algo que se deriva necesariamente de ello: “luego reñían, aunque a solas, nunca delante de nosotros”. En ocasiones, ése deberá ser el nervio de nuestra oración: “Jesús, que no me entusiasmo con mi labor espiritual”. “Jesús, que me aburro en la oración”. “Jesús, que me cuesta querer a los demás”.  “Que necesito un poco de consuelo, de verte, de tocarte, de sentirte”. Y si perseveramos, nos dirá como a Tomás: ven a mi morada, a mis llagas, et noli fiere incredulus, sed fidelis. Y concluirá: Dichoso tú si crees, si eres fiel, sin haber visto.

 

Ese amor exclusivo para Dios se manifestará en muchos detalles muy pequeños, tontos, de enamorado. Diría incluso que cuanto más tontos y más pequeños, mejor. Por ejemplo, el mencionado Isidoro Zorzano perdía bastantes minutos por las mañanas en volver a casa antes de ir al trabajo, para cambiarse de ropa. Quería llevar siempre su mejor traje a ese momento de mayor intimidad y unión con Cristo que es la Santa Misa. En otro orden de cosas, y en el caso de los numerarios del Opus Dei, que habitualmente viven en familia, esa fraternidad es vital para hacer amable el camino de santidad en la Obra. Los que conviven en el mismo hogar, en el mismo centro, son lo más material donde encontrar cariño y afecto. Que nos apetezca mucho volver a casa. Aportar siempre eso en la convivencia.

 

Para siempre. Esto es obvio. Y Apertura a la vida. No se vive bien la castidad si nos encerramos y no buscamos las vocaciones y el despertar el amor a Dios a nuestro alrededor. Estaríamos cegando las fuentes de la vida.

Modificado el ( jueves, 24 de septiembre de 2009 )
 
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