«¡Que deje en paz a los otros!» Imprimir E-Mail
Escrito por F. Trochu   
martes, 10 de noviembre de 2009

No hay imagenLas grandes pruebas del Cura de Ars

Ediciones Palabra publica, en este Año Sacerdotal, una nueva edición (la decimoquinta ya) de El Cura de Ars, de Francis Trochu, obra de referencia indiscutible sobre san Juan María Vianney, Patrono de los sacerdotes. En uno de los capítulos, cuenta el difícil comienzo de su ministerio en la pequeña localidad Ars, a la que su fama de santidad arrastraría pronto a peregrinos de toda Francia. Sus desvelos por la salvación de las almas no le convertían precisamente en un sacerdote cómodo para feligreses y vecinos...

 

El bien no puede practicarse sin el sufrimiento. Los santos no edificaron nada, sino sobre la base del sacrificio.

 

Es imposible combatir desórdenes inveterados y arraigados vicios sin provocar resistencias. San Pablo ya lo había escrito a los fieles de Corintio: «Gustosísimo me sacrificaré una o más veces por vosotros, aunque amándoos más, sea menos amado». El Cura de Ars «no quería condenarse». Sus feligreses se convencieron bien pronto de ello. Durante muchos meses, los que acudieron al templo oyeron caer sobre ellos, desde el púlpito, reproches, exhortaciones y amenazas casi continuas. No era partidario de las medianías. A través del pecador, por el que sentía gran compasión, descubría el pecado, por el cual no tenía misericordia.

 

Comenzaron las críticas: a tal niño no había querido absolverle; su Primera Comunión había sido diferida hasta el año siguiente... Además, aquel nuevo cura ¿no se mostraba demasiado riguroso con los profanadores del domingo, contra los que frecuentaban la taberna y contra los concurrentes al baile? Naturalmente, se indispuso con todos los taberneros. Si él no quiere vivir como todo el mundo, puesto que es sacerdote, cumple con su deber, ¡pero al menos que deje en paz a los otros! Así hablaban, entre copa y copa.

 

Aun a las personas piadosas les costó trabajo acostumbrarse. Durante casi diez años, la excelente Catalina Lassagne, que sería una de sus más fervientes admiradoras, pedirá a Dios que aleje de Ars a aquel sacerdote. Es que la deseaba perfecta y no le dejaba pasar la menor falta.

 

Algo peor le aguardaba. Con motivo de un hecho escandaloso -una desgraciada joven que había perdido su honor, acababa de ser madre-, cuatro miserables intentaron empañar su reputación. No fue sino un rumor que no hizo fortuna. A pesar de esto, cubrieron de inmundicias su puerta y no faltó quien, por espacio de dieciocho meses, le insultase por la noche desde bajo las ventanas.

 

Decía al final de su vida: «Si al llegar a Ars hubiese sabido lo que allí había de sufrir, me hubiera muerto del susto».

 

Las injurias de los hombres no fueron las únicas pruebas que el señor Vianney hubo de soportar durante los primeros años de su vida apostólica. A pesar de su gran fe en la Providencia, llegó al punto de sentir como tentaciones de desesperación. Era entonces cuando deseaba huir e irse a cualquier soledad a llorar su pobre vida. En verdad que la cruz que llevaba era muy dura. Mas después que comenzó a amarla, ¡cuán ligera le pareció! Un día -cuenta el reverendo Alfredo Monnin, entonces misionero-, le pregunté si sus penas le habían hecho perder alguna vez la paz: ¿La cruz -dijo- ha de hacernos perder la paz...? ¡Si precisamente es ella la que ha de infundirla en nuestros corazones!»

 

A esta fe inquebrantable debió el Cura de Ars no sólo el no haber sucumbido ni el haberse desalentado, sino también el haber realizado obras que otros sacerdotes humanamente mejor dotados que él, pero menos sobrenaturales, no se hubieran atrevido a emprender.

 

Francis Trochu
 
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