El sacramento cristiano Imprimir E-Mail
Escrito por P. Urbano   
jueves, 21 de enero de 2010

Imagen de muestraVisión general de la teología sacramentaria

 

Para entender el concepto cristiano de sacramento conviene tener en cuenta en primer lugar su etimología. En efecto, la raíz sacr dice relación a lo divino o sagrado. También es interesante saber que sacramento es la traducción latina del concepto mysterion de la Escritura y de los Padres griegos. Fue San Agustín, en el occidente cristiano, quien lo aplicó no sólo a los misterios del bautismo y eucaristía como habían hecho los anteriores, sino también a la confirmación, al orden y al matrimonio.

Visión general de la teología sacramentaria

 

Para entender el concepto cristiano de sacramento conviene tener en cuenta en primer lugar su etimología. En efecto, la raíz sacr dice relación a lo divino o sagrado. También es interesante saber que sacramento es la traducción latina del concepto mysterion de la Escritura y de los Padres griegos. Fue San Agustín, en el occidente cristiano, quien lo aplica no sólo a los misterios del bautismo y eucaristía, como habían hecho hasta entonces los anteriores autores, sino también a la confirmación, al orden y al matrimonio. Con los siglos, especialmente en el XII, se llegó a la fórmula precisa del sacramento, con lo que se pudieron distinguir con claridad los siete sacramentos que conocemos. Conviene con todo recordar que anteriormente el sacramento tuvo un sentido más amplio y que, como pone de relieve la teología más reciente, hay un “sacramento primordial”, que es Cristo, y que la Iglesia también es sacramento en un sentido amplio.

 

1.       Noción de sacramento

San Agustín daba una definición de signo o sacramento: “El signo es una cosa que, además de la imagen que pone en los sentidos, hace que de sí venga al pensamiento otra cosa distinta” (De doctrina christiana, II, 1, 1).

 

Pero fue Pedro Lombardo quien dio en la edad media la definición de sacramento que se volverá clásica debido a la gran difusión de su obra. “Es signo de la gracia de Dios y forma de la gracia invisible, de tal manera que es a la vez su imagen y causa” (Sent., IV, I, 4). En la definición se encuentra el elemento genérico, signo, con su especificidad de causante de gracia. De este modo, la teología encontró cómo perfilar los siete sacramentos en función de una definición clara. Pero este logro no debe hacernos olvidar que la noción sacramento es más amplia, llegando a abarcar, como dice Scheeben, todo el misterio sacramental que late en el cristianismo: la presencia de Cristo  Salvador en el tiempo y en la Iglesia, que es el misterio de su acción por el Espíritu para reconducir todo al Padre.

 

La noción de sacramento referida a Cristo y a la Iglesia, subrayada por Scheeben y los teólogos posteriores, significa que a los tradicionales siete sacramentos debemos añadir, para comprender con profundidad su sentido, la sacramentalidad general de la fe cristiana. Al sacramento primordial de la fe, que es Cristo, le sigue el misterio de la Iglesia con una total dependencia ontológica y vital. Se designa por eso a la Iglesia como “sacramento de Dios” (Comisión teológica internacional, año 1984), que está unido al misterio de Cristo. Concretamente, como explica el Catecismo, la humanidad de Cristo es el signo e instrumento de su divinidad y de la salvación que trae para la humanidad en su conjunto, pues lo visible y terreno de su vida entre los hombres, sus iguales en la naturaleza humana, conducía al misterio de su filiación divina.

 

En el Concilio Vaticano II aparece esta noción amplia de sacramento. LG 1 dice que “en Cristo la Iglesia es como un sacramento”. Se refiere a la unión con Dios y con los demás hombres que realiza como signo e instrumento. Los siete sacramentos son los actos de servicio al Espíritu más característicos de la Iglesia, y son igualmente los más eficaces para alcanzar la unidad con Dios y entre los hombres. Santo Tomás, en el s. XIII, había señalado la relación con la cosa sagrada a que alude el sacramento, pues, efectivamente, es un acontecimiento de santificación y nos sólo de representación o imagen. Causan instrumentalmente esa santificación, en efecto, gracias a que el verdadero origen de ella es el misterio de Cristo. La gracia puede injertarse en el corazón y transformarnos desde dentro, para identificarnos más y más con Cristo. Es la Trinidad, en realidad y en último término, quien nos transforma y vivifica a través de la acción sacramental confiada a la Iglesia. Por eso Trento y los teólogos católicos defendieron el carácter eficaz del sacramento y no meramente simbólico (canon dogmático n. 6 sobre los sacramentos en general, tanto para Lutero como para los demás reformadores). Lo cual no impide que se pueda desarrollar, como ha hecho la teología reciente, el estudio de la riqueza simbólica y significativa de los ritos. “Los sacramentos se componen de un lenguaje de gran densidad significativa y simbólica. Por medio de ellos los cristianos, a la vez que alcanzan el conocimiento de la acción divina santificadora en Cristo y de la acción divina santificadora en Cristo y de sus efectos salvadores, también se reconocen a sí mismos como miembros de la comunidad” (Miralles, DT, 893).

 

2.       Los sacramentos en la Iglesia

En Trento se definió el origen de los sacramentos (canon 1 sobre los sacramentos en general). Fue el mismo Cristo quien los instituyó. Y no sólo como piensan los protestantes el bautismo y la eucaristía, sino los siete que se dieron en lista: bautismo, confirmación, eucaristía, penitencia, extremaunción, orden y matrimonio.

 

Jesucristo es el autor de los sacramentos. En primer lugar, por ser el Hijo de Dios que tiene poder común a las Divinas Personas. Solo Dios puede instituirlos, en efecto, pues el efecto que producen es la gracia divina. La Iglesia ha definido frente a los modernistas, por ejemplo, la institución de los sacramentos por Jesucristo (Decreto Lamentabili de S. Pío X). Pero el dogma católico del origen en Cristo de los sacramentos abarca a Cristo como “autor”, lo cual quiere decir que son sus actos, en los que también interviene su Humanidad santísima, los que fundan y dan eficacia al sacramento. Su pasión, muerte y resurrección, en última instancia, están en el origen de toda la fuerza salvadora y santificadora de los sacramentos.

 

La teología se plantea cómo quiso Cristo determinar cada sacramento y su rito. Lo fundamental de ellos, en primer lugar, son los efectos salvíficos a que están destinados por el querer suyo. Con el lenguaje de la teología serían estos tres:

a.       la gracia santificante,

b.      las virtudes teologales y

c.        el carácter sacramental.

Están instituidos por Cristo de tal manera que la Iglesia sabe que han sido otorgados en beneficio de ella y no los puede cambiar. Los signos externos, de otro lado, pueden variar, como recuerda el concilio de Trento, “salva la sustancia”, como la Iglesia quiera, ya que “perpetuamente tuvo el poder de estatuir o mudar” los sacramentos. Esto se refiere, sin ir más lejos, a quienes son los ministros o el sujeto del sacramento, así como a las disposiciones coyunturales de los ritos. Pero la sustancia de los sacramentos, como reafirmaba Pío XII en su C. ap. Sacramentum Ordinis, no se puede alterar ni siquiera por la autoridad de la Iglesia.

 

Ya antes de Trento, en Lyon (s. XIII) y Florencia (s. XV), la Iglesia había expuesto la lista de los 7 sacramentos. En el vértice de ellos, todos necesarios para la salvación aunque de modos diversos, la Eucaristía. A ella se orientan todos los demás pues contiene al mismo Cristo, con su capacidad santificadora de la Iglesia y de sus fieles. A los demás sacramentos llega la gracia en cuanto unidos al misterio eucarístico. Santo Tomás justifica el orden que existe entre ellos, según el paralelismo con la vida natural: si el hombre, de modo natural, nace, crece, se nutre, sana, y prepara su muerte, así los sacramentos, son “remedios para cada necesidad” (S. Josemaría) de la vida. El paralelismo vale igualmente para la dimensión social, con los sacramentos del orden y del matrimonio. LG (n. 11), en cambio, prefirió una perspectiva más eclesiológica que no desarrollaremos ahora. Su mérito es presentarlos con una gran armonía interna. También ha interesado a la teología reciente enmarcar estos 7 misterios en la historia salutis. El sacramento es, en efecto, actualización de la historia de la salvación. Por ser más exactos, el sacramento es también profecía y memorial de ésta. Hace actual la Pascua por la acción del Espíritu, encaminando a cuantos en él participan a la gloria eterna, que significan de manera profética. Glorifican al Padre y al Hijo en el Espíritu, reconociendo el origen y fin de todo en Dios Trino.

 

El signo en el sacramento se realiza con “cosas”, es decir, “realidades sensibles” y con palabras. Por eso hablan los teólogos de una ley estructural del signo de los sacramentos, que no existía en la Ley antigua. Es una estructura bimembre, de la que hablaban ya los teólogos medievales, distinguiéndose, por un lado, la materia, que son las cosas sensibles del sacramento, y la forma, de otro, como una unidad de las palabras que deben pronunciarse. Pero lo decisivo, respecto de la Antigua Ley, es que esta estructura nueva de los signos se adapta perfectamente a lo realizado por Cristo. Corresponde a la manera única de la economía salvífica cristiana. El sacramento, con su doble dimensión sensible y expresiva, guarda una íntima y radical unidad, según pone de manifiesto la teología de Santo Tomás, entre otros, y por eso se puede aplicar bien la teoría hilemórfica para hablar de ellos. Así como cada sustancia está compuesta de materia y forma, el sacramento, de modo semejante, se forma con las palabras y las cosas, su forma y su materia específica. Forman por tanto un solo signo y una sola causa del efecto del sacramento.

 

No obstante, como la celebración del rito sacramental no se reduce, de modo habitual, a los elementos esenciales, es preciso recordar su marco litúrgico. Los sacramentos se celebran con carácter trinitario: “encuentro de los hijos de Dios con su Padre en Cristo y en el Espíritu” (CCE 1153). El encuentro personal tiene lugar en un diálogo de acciones y palabras. Hay acción divina y respuesta humana, personal, en cada uno de ellos y cada vez que se realizan. Los Padres enseñaban esta riqueza de los sacramentos en sus catequesis, llamadas mistagógicas, pues introducían a los creyentes en el interior del misterio. Todo sacramento, como misterio de fe, contiene la proclamación de la Palabra, por medio de las lecturas y de la predicación, a la que sigue la respuesta del Pueblo, con alabanza a Dios en acción de gracias, himnos, salmos, aclamaciones, cantos, etc. En cuanto al memorial, o recuerdo de las bendiciones y obras divinas en la historia, consiste en “hacer memoria” de una manera actual, es decir, actualizando ese poder divino en el tiempo. No puede faltar por eso en la celebración, como tampoco puede faltar la epíclesis, o invocación a Dios Padre para que conceda sus bendiciones, y la primera de ellas, el don del Espíritu. Él santifica en los sacramentos y da sus dones específicos, sin olvidar que la petición de la epíclesis abarca igualmente las necesidades de todos los fieles, y del mundo entero.

 

Los teólogos hablan así de los “contenidos salvíficos” de los sacramentos, aludiendo tanto a la gracia santificante, como sobre todo al Don del Espíritu. Sobre todo éste es el contenido salvífico. “Por medio de los sacramentos comunica su Espíritu” (CCE 739). Es la promesa de Pedro en Pentecostés a los que iban a bautizarse en breve (Hch 2, 38). Para entender la donación puede servir la explicación de Santo Tomás que la compara a la inhabitación divina. Es una presencia o posesión familiar, íntima, haciéndose conocer y amar de modo personal. También han estudiado los teólogos cómo hablar entonces de mayor presencia del Espíritu cuando ya se posee por la gracia. Aumentando la gracia –la caridad-, dirán a partir de la teología latina del s. VI, crece igualmente la participación en el don divino.

 

El Espíritu, según está dicho, era el primer elemento salvífico. El segundo es la gracia sacramental. Cada sacramento, en efecto, tiene una finalidad propia. En la historia de la teología, fue Alejandro de Hales el primero en defender que lo propio del sacramento es una especial configuración con Cristo en su misterio pascual. Pero se debe añadir a ello la específica sanación de los siete sacramentos en los destrozos del pecado en el alma. Hasta la definitiva gracia de unión con Cristo, el cristiano necesita reparar la desemejanza interna de su vida. Cayetano y otros, finalmente, han visto además en la gracia sacramental el auxilio específico para obrar de forma coherente a la dignidad de hijo de Dios.

                                                                                                                                                

Por último, como tercer elemento salvífico de los sacramentos, existe el “carácter”, para aquellos sacramentos que no se pueden reiterar en la misma persona: bautismo, confirmación y orden. Es la señal espiritual que dejan para siempre en quien los recibe. Se trata de un dogma de fe, definido en Trento. En las controversias donatistas, s. Agustín diferenciaba entre la gracia del  bautismo, que puede perderse por indisposición del sujeto, y el efecto un permanente del mismo sacramento, que no se repite aunque se convierta a la comunión con la iglesia después de haber sido herético o cismático. Lo mismo valía para el sacramento de la confirmación y del orden. Para Santo Tomás el carácter es signo de una especial pertenencia a Cristo y a la Iglesia, ya que, configura al cristiano con Cristo, tanto para el oficio ministerial como el real de todos los cristianos. El Concilio VII lo recogió en LG 10 cuando habla de la ordenación mutua de estos dos sacerdocios en la Iglesia.

 

El concilio de Trento tuvo que salir al paso de la solución que daban los reformadores al problema de la eficacia de los sacramentos. En el canon 8, más concretamente, de los sacramentos en general, se definió la famosa expresión “ex opere operato”, por la misma eficacia del sacramento, frente a la eficacia por la fe del que lo recibe. Conviene explicar sin embargo que la fórmula quiere decir que el sacramento ha de ser correctamente realizado con la intención de la Iglesia. No es un automatismo, sino que recibir el sacramento es, en verdad, acudir a la fuente de la gracia que es Cristo. Por eso los sacramentos son “de la fe”, pues provienen de Cristo y exigen la fe de la salvadora de sus misterios. Evidentemente, también son sacramentos de la fe del sujeto que, según sus disposiciones, acoge la gracia a su modo de la fuente sacramental. “Por medio del sacramento y de la fe, se produce el contacto entre la pasión de Cristo y el sujeto” (S. Tomás de Aquino). Al movimiento de Cristo hacia los hombres con su entrega definitiva, corresponde, en la vida sacramental, el movimiento del alma hacia su Redentor por medio de las virtudes sobrenaturales de la fe, la esperanza y la caridad.

 

El Espíritu desempeña un papel insustituible en la eficacia de los sacramentos. Aunque toda la Trinidad actúa en ellos, se atribuye al Espíritu de un modo singular su eficacia. Él en efecto es el Don divino en persona, y es el Santificador, que realiza su misión en los sacramentos. Desde el s. XIII, sin embargo, la teología ha pensado el influjo causal de los sacramentos sobre todo como prolongación de la causalidad salvadora de la humanidad de Cristo. Los sacramentos vistos así, continúan la obra redentora y elevadora de Cristo respecto de toda la humanidad, lo que podríamos llamar el influjo moral de su Pasión y muerte. Algunos autores, como Santo Tomás de Aquino, afirman, en esta línea, la causalidad eficiente de la redención, y los sacramentos, al prolongarla, participarían de la acción instrumental de la humanidad santísima del Señor. Para otros autores esto sería ir demasiado lejos y prefieren detenerse en el influjo de tipo moral. Así en el s. XX las teorías sacramentarias buscaban una explicación más cercana a la causalidad simbólica que a la instrumental causal. Miralles (DT 901s) destaca tres de ellos: Odo Casel, Schillebeeckx y Rahner. El primero considera los sacramentos como formas simbólicas sin mayor trasfondo causal, el segundo como un “lazo con el Cristo del Cielo” más que con la acción redentora del pasado, y el tercero, como símbolos esenciales que hacen presente lo que anuncian. No es extraño por eso que, al analizar en detalle estas propuestas, se eche de menos el carácter real y concreto con que actúan Cristo y el Espíritu en ellos (Ib. In fine, donde cita el CCE n. 1128).

 

Siglas

DT Diccionario Teología, Eunsa, 2006

CCE Catecismo Iglesia Católica, 1992

Hch Hechos de los Apóstoles

Modificado el ( jueves, 21 de enero de 2010 )
 
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