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Escrito por Alfonso Aguiló   
jueves, 27 de septiembre de 2007

Con Dios en el centro exclusivo

 


Los que se entregan a Dios no dejan vacío el corazón. No están nunca solos, aunque algunas veces vivan con menos compañía humana. Esto resulta difícil de entender a quienes olvidan que el celibato es un don. Los que se entregan por entero a Dios, los que renuncian por amor a Dios al amor humano, no mutilan de ningún modo su personalidad, ni recortan su capacidad de querer. No empequeñecen su corazón, sino que lo engrandecen.Active Image

 

"Por mi voto de castidad –decía la Madre Teresa de Calcuta– no solo renuncio al estado del matrimonio, sino que también consagro a Dios el uso de mis actos interiores y exteriores, mis afectos. En conciencia no puedo amar a otra persona con el amor de una mujer por un hombre. Ya no tengo derecho a dar ese afecto a ninguna otra criatura, sino solamente a Dios. No por eso somos como piedras, seres humanos sin corazón. No, en absoluto. Hemos de mantenernos como estamos, pero darlo todo por Dios, a quien hemos consagrado todos nuestros actos interiores v exteriores. La castidad no significa simplemente no estar casada, sino amar a Cristo con un amor indiviso. Es algo más profundo, algo vivo, algo real. Es amarlo con una castidad amorosa e íntegra por medio de la libertad de la pobreza."

2007-09-27

No es un asunto nuevo


— Desde luego, hablar en nuestra época del celibato es de una audacia muy notable, ¿no te parece?Active Image

No diría tanto, pero se podría establecer una comparación con los primeros cristianos. Tuvieron que ser fuertes para vivir con coherencia en una sociedad bastante corrupta, aficionada a los juegos sanguinarios del circo, y que por etapas los llevaba a las catacumbas y al martirio. Y el testimonio de esos primeros cristianos, en medio de ese mundo embrutecido, acabó por cambiar el imperio romano, que finalmente se hizo cristiano, y no precisamente por la fuerza de las armas. Fue el testimonio de los valores cristianos lo que se impuso sobre el imperio de la fuerza. Y ahora, en nuestra época, quizá el testimonio más rompedor es el de la castidad. En otros temas, es quizá más fácil encontrar áreas comunes con las mentalidades dominantes, pero el testimonio de la castidad y del celibato es un tanto escandalizador, e incluso irritante para muchos, que en cuanto se mencionan estos temas saltan con verdadera furia. Pero vivir hoy la castidad es un testimonio especialmente necesario, una prueba de autenticidad personal, de dedicación a un ideal, de fortaleza cristiana. La castidad es una de las grandes claves del testimonio cristiano de la mujer y del hombre de hoy. Hay mucha gente buenecilla, con buenos sentimientos, de buen corazón, con deseos de hacer el bien, pero débiles, y quizá en lo primero que se manifieste es en este punto, y con esas personas será difícil cambiar el mundo

 

— Pero el matrimonio también es importante, y también es una vocación.

No solo es importante el matrimonio, sino que es imprescindible para la preservación de la especie humana. Y es una vocación, ciertamente. "Nunca olvidaré –recordaba Juan Pablo II en 1994– a un muchacho, estudiante del politécnico de Cracovia, del que todos sabían que aspiraba con decisión a la santidad. Ése era el programa de su vida; sabía que había sido "creado para cosas grandes", como dijo una vez San Estanislao de Kostka. Y al mismo tiempo, ese muchacho no tenía duda alguna de que su vocación no era ni el sacerdocio ni la vida religiosa; sabía que tenía que seguir siendo laico. Le apasionaba el trabajo profesional, los estudios de ingeniería. Buscaba una compañera para su vida y la buscaba de rodillas, con la oración. No podré olvidar una conversación en la que, después de un día especial de retiro, me dijo: "Pienso que ésta debe ser mi mujer, es Dios quien me la da".
Modificado el ( jueves, 27 de septiembre de 2007 )
 
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