| Celibato |
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| Sígueme - Catequesis | |
| Escrito por Alfonso Aguiló | |
| jueves, 27 de septiembre de 2007 | |
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Con Dios en el centro exclusivo
No es un asunto nuevo — Desde luego, hablar en nuestra época del celibato es de una audacia muy notable, ¿no te parece? No diría tanto, pero se podría establecer una comparación con los primeros cristianos. Tuvieron que ser fuertes para vivir con coherencia en una sociedad bastante corrupta, aficionada a los juegos sanguinarios del circo, y que por etapas los llevaba a las catacumbas y al martirio. Y el testimonio de esos primeros cristianos, en medio de ese mundo embrutecido, acabó por cambiar el imperio romano, que finalmente se hizo cristiano, y no precisamente por la fuerza de las armas. Fue el testimonio de los valores cristianos lo que se impuso sobre el imperio de la fuerza. Y ahora, en nuestra época, quizá el testimonio más rompedor es el de la castidad. En otros temas, es quizá más fácil encontrar áreas comunes con las mentalidades dominantes, pero el testimonio de la castidad y del celibato es un tanto escandalizador, e incluso irritante para muchos, que en cuanto se mencionan estos temas saltan con verdadera furia. Pero vivir hoy la castidad es un testimonio especialmente necesario, una prueba de autenticidad personal, de dedicación a un ideal, de fortaleza cristiana. La castidad es una de las grandes claves del testimonio cristiano de la mujer y del hombre de hoy. Hay mucha gente buenecilla, con buenos sentimientos, de buen corazón, con deseos de hacer el bien, pero débiles, y quizá en lo primero que se manifieste es en este punto, y con esas personas será difícil cambiar el mundo
— Pero el matrimonio también es importante, y también es una vocación. No solo es importante el matrimonio, sino que es imprescindible para la preservación de la especie humana. Y es una vocación, ciertamente. "Nunca olvidaré –recordaba Juan Pablo II en 1994– a un muchacho, estudiante del politécnico de Cracovia, del que todos sabían que aspiraba con decisión a la santidad. Ése era el programa de su vida; sabía que había sido "creado para cosas grandes", como dijo una vez San Estanislao de Kostka. Y al mismo tiempo, ese muchacho no tenía duda alguna de que su vocación no era ni el sacerdocio ni la vida religiosa; sabía que tenía que seguir siendo laico. Le apasionaba el trabajo profesional, los estudios de ingeniería. Buscaba una compañera para su vida y la buscaba de rodillas, con la oración. No podré olvidar una conversación en la que, después de un día especial de retiro, me dijo: "Pienso que ésta debe ser mi mujer, es Dios quien me la da". |
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| Modificado el ( jueves, 27 de septiembre de 2007 ) | |
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