Los consejos evangélicos Imprimir E-Mail
Escrito por RR   
jueves, 27 de septiembre de 2007

A partir del  

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
DURANTE LAS VÍSPERAS 
CON LOS Sample ImageSACERDOTES Y CONSAGRADOS

Santuario de Mariazell (Austria)

Sábado 8 de septiembre de 2007

Venerados y queridos hermanos en el ministerio sacerdotal; 
queridos hombres y mujeres de vida consagrada; 
queridos amigos


Seguir a Cristo

—y nosotros queremos seguirlo— significa asimilar cada vez más los sentimientos y el estilo de vida de Jesús. Es lo que nos dice la carta a los Filipenses:  "Tened los mismos sentimientos de Cristo" (Flp 2, 5). "Mirar a Cristo" es el lema de estos días. Mirándolo a él, el gran Maestro de vida, la Iglesia ha descubierto tres características que destacan en la actitud fundamental de Jesús. Estas tres características, que con la Tradición llamamos "consejos evangélicos", han llegado a ser los componentes determinantes de una vida dedicada al seguimiento radical de Cristo:  pobreza, castidad y obediencia. Reflexionemos ahora un poco sobre estas características. Jesucristo, que poseía toda la riqueza de Dios, se hizo pobre por nosotros, nos dice san Pablo en la segunda carta a los Corintios (cf. 2 Co 8, 9). Se trata de una palabra inagotable, sobre la que deberíamos volver a reflexionar siempre. Y la carta a los Filipenses dice:  "Se despojó de su rango y se rebajó haciéndose obediente hasta la muerte de cruz" (cf. Flp 2, 7-8). Él, que se hizo pobre, llamó "bienaventurados" a los pobres.

Para todos los cristianos, y especialmente para nosotros los sacerdotes, para los religiosos y las religiosas, tanto para las personas individualmente como para las comunidades, la cuestión de la pobreza y de los pobres debe ser continuamente objeto de un atento examen de conciencia. Precisamente en nuestra situación, en la que no estamos mal, no somos pobres, creo que debemos reflexionar de modo particular en cómo podemos vivir esta llamada de modo sincero. Quisiera recomendarlo para vuestro —nuestro— examen de conciencia 

Para comprender bien lo que significa la castidad, debemos partir de su contenido positivo. Sólo lo encontramos una vez más mirando a Jesucristo. Jesús vivió con una doble orientación:  hacia el Padre y hacia los hombres. En la sagrada Escritura lo conocemos como persona que ora, que pasa noches enteras en diálogo con el Padre. Al orar insertaba su humanidad, y la de todos nosotros, en la relación filial con el Padre. Este diálogo siempre se transformaba después en misión hacia el mundo, hacia nosotros. Su misión lo llevaba a una entrega pura e indivisa a los hombres.

Por eso, con el voto de castidad en el celibato no nos consagramos al individualismo o a una vida aislada, sino que prometemos de modo solemne poner totalmente y sin reservas al servicio del reino de Dios —y así al servicio de los hombres— las intensas relaciones de que somos capaces y que recibimos como un don. De este modo, los sacerdotes, las religiosas y los religiosos mismos se convierten en hombres y mujeres de la esperanza:  contando totalmente con Dios y demostrando así que Dios para ellos es una realidad, crean en el mundo espacio para su presencia, para la presencia del reino de Dios.Vosotros, queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, dais una contribución importante:  en medio de la avaricia, del egoísmo de no saber esperar, del afán de consumo, del culto al individualismo, os esforzáis por vivir un amor desinteresado a los hombres. Vivís una esperanza que deja a Dios la tarea de la realización, porque creéis que es él quien la llevará a cabo.

Pasemos a la obediencia. Jesús vivió toda su vida, desde los años ocultos de Nazaret hasta el momento de la muerte en la cruz, en la escucha del Padre, en la obediencia al Padre. Por ejemplo, en la noche del monte de los Olivos, oró así:  "No se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22, 42). Con esta oración Jesús asume, en su voluntad de Hijo, la terca resistencia de todos nosotros, transforma nuestra rebelión en su obediencia. Jesús era un orante. Pero sabía escuchar y obedecer:  se hizo "obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Flp 2, 8). 

 

Modificado el ( jueves, 27 de septiembre de 2007 )
 
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