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Los libros y la libertad Imprimir E-Mail
Escrito por Alejandro Llano   
jueves, 27 de septiembre de 2007

Artículo del profesor Alejandro Llano, catedrático de Metafísica, Univ de Navarra

 

Donde está la libertad, allí están los librosSample Image

Decía Pascal que todos los conflictos que acontecen en el mundo provienen de que los hombres no saben permanecer tranquilos en su aposento. Pero ¿qué podía hacer una persona en su habitación, allá, por el siglo XVII, cuando Pascal escribía sus Pensamientos? Porque no disponían de televisión, ni de ordenador, ni de teléfono móvil. Sólo les cabía leer. La lectura tiene un efecto benéfico inmediato. Mientras se lee, no se incordia al prójimo. Pero hay mucho más. Porque, según Marcel Proust, la lectura es la amistad pura y tranquila. Que es una actividad tranquila no se debe únicamente a que, mientras se lee en silencio, no se molesta a nadie. Además de no intranquilizar, leer nos aquieta, nos serena. Adoptamos una actitud contemplativa, en la que sólo nos interesa conocer lo que el autor dice, la teoría que expone, la historia que relata, la emoción que expresa. Si alguien llega agitado de su trabajo, una de las mejores maneras de calmar el ánimo es tomar un libro entre las manos y dejar que la vista recorra las líneas impresas. Poco a poco el texto reclama nuestra atención, y ya no pensamos en nuestras cuitas, sino que nos incorporamos a la corriente narrativa, que es como un río que nos lleva. Y vivimos las vidas de los protagonistas del relato, dirigimos los ojos a la realidad con el autor del ensayo o vibramos con las intuiciones del poema. Como dice Pedro Salinas, leer es vivirse reviviendo.
Esta forma de “dejar ser” a algo que nos supera y nos envuelve implica una postura benevolente, una salida de la subjetividad, para identificamos
selvas amazónicas- lo que nos atraía. La lectura es desinteresada y purificadora. “La atmósfera de esta amistad pura —escribe Proust- es el silencio, más puro que
la palabra. Además, el silencio no lleva, como la palabra, la marca de nuestros defectos, de nuestros fingimientos. El silencio es puro. Entre el pensamiento del autor y el nuestro no interpone esos elementos con las cosas mismas, con los personajes que adquieren vida en el libro que leemos. Ha cesado toda motivación egocéntrica. Cuando, de niños, devorábamos un relato de aventuras, nos metíamos en la piel del héroe y corríamos con él toda suerte de peligros. Después nos aficionamos a las novelas policíacas, y la indagación de quién había sido el autor del crimen nos mantenía en vilo hasta que llegábamos a la desvelación del enigma. Si leíamos un libro de viajes por paisajes remotos, era aquello mismo —el Polo Sur o las irreductibles, refractarios al pensamiento, de nuestros diferentes egoísmos. El lenguaje mismo del libro es puro, transparente, merced al pensamiento del autor que lo ha aligerado de todo lo accesorio hasta conseguir una imagen fiel. Es la más noble y ennoblecedora de las distracciones, ya que únicamente

"la lectura y la sabiduría proporcionan los buenos modales de la inteligencia”

Modificado el ( jueves, 27 de septiembre de 2007 )
 
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