| Mensaje de Benedicto XVI al Camino Neocatecumenal |
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| Escrito por cct | |
| miércoles, 25 de enero de 2012 | |
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Benedicto XVI al Camino Neocatecumenal, 20 de enero de 2012
Queridos hermanos y hermanas, [...] unos instantes antes se ha leído el decreto con el que se aprueban las celebraciones presentes en el "Directorio catequético del Camino Neocatecumenal" que no son estrictamente litúrgicas, pero que forman parte del itinerario de crecimiento en la fe. Es otro elemento que os muestra cómo la Iglesia os acompaña con atención mediante un paciente discernimiento que comprende vuestra riqueza, pero que mira también a la comunión y a la armonía de todo el "Corpus Ecclesiae". Este hecho me ofrece la ocasión para exponer un breve pensamiento sobre el valor de la liturgia. El Concilio Vaticano II la define como la obra de Cristo sacerdote y de su cuerpo que es la Iglesia (cfr. "Sacrosanctum Concilium", 7). A primera vista esto podría parecer extraño, porque parece que la obra de Cristo designa las acciones redentoras históricas de Jesús, su pasión, muerte y resurrección. ¿En qué sentido entonces la liturgia es obra de Cristo? La pasión, muerte y resurrección de Jesús no son solamente acontecimientos históricos; abrazan y penetran la historia, pero la trascienden y permanecen siempre presentes en el corazón de Cristo. En la acción litúrgica de la Iglesia está la presencia activa de Cristo resucitado que hace que sea presente y eficaz hoy para nosotros, para nuestra salvación, el mismo misterio pascual. Esta obra del Señor Jesús, que es el verdadero contenido de la liturgia, entrar en la presencia del misterio pascual, es también obra de la Iglesia, que al ser su cuerpo es un único sujeto con Cristo: "Christus totus caput et corpus" [Cristo total, cabeza y cuerpo], dice san Agustín. En la celebración de los sacramentos, Cristo nos sumerge en el misterio pascual para hacernos pasar de la muerte a la vida, del pecado a la existencia nueva en Cristo.
Esto vale en modo muy especial para la celebración de la Eucaristía, que al ser la culminación de la vida cristiana es también la bisagra de su redescubrimiento, a lo que tiende el Neocatecumenado. Como afirman vuestros Estatutos, "La Eucaristía es esencial al Neocatecumenado, en cuanto catecumenado postbautismal, vivido en pequeña comunidad" (art. 13 §1). Precisamente con la intención de favorecer el acercamiento a la riqueza de la vida sacramental por parte de personas que se han alejado de la Iglesia, o que no han recibido una formación adecuada, los neocatecumenales pueden celebrar la Eucaristía dominical en la pequeña comunidad, luego de las primeras vísperas del domingo, según las disposiciones del obispo diocesano (cfr. Estatutos, art. 13 §2). Pero toda celebración eucarística es una acción del único Cristo junto con su única Iglesia, y por eso esencialmente abierta a todos los que pertenecen a la que es su Iglesia. Este carácter público de la Santa Eucaristía se expresa en el hecho que cada celebración de la Santa Misa es en definitiva dirigida por el obispo como miembro del colegio episcopal, responsable de una determinada Iglesia local (cfr. "Lumen gentium", 26).
La celebración en las pequeñas comunidades, regulada por los libros litúrgicos que son seguidos fielmente, y con las particularidades aprobadas en los estatutos del Camino, tiene la misión de ayudar a cuantos recorren el itinerario neocatecumenal a percibir la gracia de estar insertos en el misterio salvífico de Cristo, lo que hace posible un testimonio cristiano capaz de asumir también los rasgos de la radicalidad. Al mismo tiempo, la maduración progresiva en la fe del individuo y de la pequeña comunidad debe favorecer su inserción en la vida de la gran comunidad eclesial, a la que encuentra en la celebración litúrgica de la parroquia, en la cual y por la cual se realiza el neocatecumenado (cfr. Estatutos, art. 6), su forma ordinaria. Pero también durante el Camino es importante no separarse de la comunidad parroquial, justamente en la celebración de la Eucaristía que es el verdadero lugar de la unidad de todos, donde el Señor nos abraza en los diferentes estados de nuestra madurez espiritual y nos une en el único pan que nos hace un único cuerpo (cfr. 1Cor 10, 16s). [...] |
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