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Si es cierto que la vida humana en cada fase es digna del máximo respeto, en algunas vertientes lo es aún más cuando está marcada por la ancianidad y la enfermedad. La ancianidad constituye la última etapa de nuestra peregrinación terrena, que tiene fases distintas, cada una con sus propias luces y sombras. Se cuestiona: ¿tiene aún sentido la existencia de un ser humano que discurre en condiciones muy precarias porque es anciano y está enfermo? ¿Por qué, cuando el desafío de la enfermedad se hace dramático, seguir defendiendo la vida, sin aceptar más bien la eutanasia como una liberación? ¿Es posible vivir la enfermedad como una experiencia humana que hay que asumir con paciencia y valor?
Con estas preguntas debe medirse quién está llamado a acompañar a los ancianos enfermos, especialmente cuando parecen no tener ya posibilidades de curación. La actual mentalidad eficientista tiende con frecuencia a marginar a estos hermanos y hermanas nuestras que sufren, casi como si fueran sólo un «peso» y «un problema» para la sociedad. Quien tiene sentido de la dignidad humana sabe que, en cambio, hay que respetarles y sostenerles mientras afrontan serias dificultades ligadas a su estado. Es incluso justo que se recurra también, cuando es necesario, al empleo de cuidados paliativos, los cuales, aunque no pueden curar, son capaces sin embargo de aliviar los sufrimientos que se derivan de la enfermedad. Siempre, con todo, junto a las indispensables atenciones clínicas, es necesario mostrar una capacidad concreta de amar, porque los enfermos tienen necesidad de compresión, de consuelo y de constante aliento y acompañamiento. Los ancianos, en particular, deben ser ayudados a recorrer de manera consciente y humana el último tramo de la existencia terrena, para prepararse serenamente a la muerte, que –los cristianos lo sabemos— es un tránsito hacia el abrazo del Padre celestial, lleno de ternura y de misericordia. Audiencia a la XXII Conferencia Internacional del dicasterio para la Salud. 18. XI. 07
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