Jesús de Nazareth Imprimir E-Mail
Escrito por cct   
lunes, 03 de diciembre de 2007
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Un retrato de Jesús, coherente y lleno de sentido

Claves de lectura de

Jesús de Nazareth

 (J. Ratzinger/Benedicto XVI)


No es muy habitual que un libro de alta teología, y menos aún de alta exégesis, haya pasado a las listas de libros más vendidos en todos los países. En nuestro país, a pesar del retraso de la publicación por problemas de traducción, las estadísticas son parecidas a las demás naciones: Se agotó la edición en el mismo día de su publicación (según la información de la rueda de prensa concedida por la editorial de la “Esfera de los libros”), que eran nada menos que 50.000 ejemplares, a los que se sumaron enseguida otros 30.000 previstos por la editorial para las primeras colas de lectores. En palabras de la Directora de Comunicación de la editorial, “se va a convertir en el fenómeno editorial del otoño”. Podríamos pensar maliciosamente que no va a decir otra cosa quienes han apostado por él para publicarlo, pero se ha ido demostrando cierto. Los datos en todo el mundo, ya desde el momento en que se publica en Italia, revelan el enorme interés despertado por la obra de Benedicto XVI; más de millón y medio de ejemplares vendidos de un libro sobre Jesucristo, en el que los temas principales suenan bien lejos de los avatares cotidianos de la gente: importancia de los métodos histórico-críticos en la interpretación de la Biblia, el problema teológico de la historicidad de los Evangelios, intento de un diálogo con la exégesis judía, por no citar temas que dejarían indiferente a cualquiera, incluso puesto en ellos como la crítica a la teología liberal, etc. ¿Por qué entonces tanto éxito de un libro que no se lee fácilmente, que, encima, no nos da ninguna concesión a las pasiones habituales de los lectores, ni intriga, ni suspense, ni aventuras, ni ficciones, ni emociones literarias, ni nada más que la fuerza de la teología...? Por si fuera poco el libro no está terminado, es más, posiblemente no se termine –¿quién quiere leer un libro inacabado?, me pregunto-, y la parte que se ha publicado deja fuera los momentos fundamentales de la vida de Jesús: Nacimiento, Pasión, Muerte y Resurrección.

En una palabra, es un misterio que podríamos denominar el “misterio de Benedicto”, porque su figura nos ha desconcertado a casi todos. Llamado a desempeñar puestos tan importantes y difíciles, no ha dejado de ser ese estudioso sencillo que no usa de su poder para imponer las verdades, sino que reclama de la natural benevolencia de quien va a leer un libro. “Cualquiera es libre de pensar en contra de lo dicho. Tan sólo pido a las lectoras y a los lectores ese arranque inicial de simpatía sin el que no se puede entender” nada escrito por otro.

 

Notas de la teología de J. Ratzinger

Siendo una obra final de su camino (Weg) intelectual, interesa, al menos puntualmente, referir quién es el teólogo J. Ratzinger.

 

Sus obras en revistas abarcan más de 600 artículos, y los libros se acercan al centenar, todos ellos de teología y espiritualidad con un alto nivel como se puede encontrar en pocos autores del panorama del S. XX. Formado en la teología Dogmática, con estudios iniciales sobre las obras de san Agustín (tratado de la Iglesia) y de san Buenaventura (teología de la historia), ha profundizado en el “tratado de los Novísimos” (tomo 9 de la Dogmática con Auer, “Escatología”, editorial Herder, justo antes de ser nombrado obispo de Munich 1977), y en la teología Fundamental con un famoso libro en lengua castellana sobre los Principios de la teología, “Teoría de los principios teológicos” (ed. Herder), que da buena cuenta del sentido personal con que afronta el quehacer teológico. A estos libros y publicaciones directamente teológicas, hay que sumar un numero considerable de obras sobre espiritualidad: sacerdotal, sacramental, etc., sobre Liturgia (más de 4 libros de alta profudización en el misterio, que da sus frutos de gobierno en la última disposición sobre el misal de 1962), como los trabajos al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante los años que van del 1981 hasta el 2005 que recibe el Primado petrino.

Los libros más recientes, del 2000 a esta parte, nos retratan un teólogo que ha pensado sobre la historia de Europa y su cultura, sobre la democracia, las religiones, la Eclesiología de comunión y el Ecumenismo, sobre los derechos humanos, que ha dialogado con el mundo de la cultura, del periodismo, de la política, de los intelectuales, incluso con los no creyentes, como autores de un gran nivel cultural y humano, los filósofos Pera y Haberlas, con los que ha dialogado sobre las raíces europeas y el cristianismo o la filosofía política ... ¿Es posible una preparación mejor para desempeñar el cargo de Buen Pastor en una era como la nuestra donde las informaciones recorren el mundo en un instante y donde uno está dialogando constantemente con visiones encontradas del mundo? Su figura teológica es tan rica que ya es motivo de serios estudios por parte de los colegas de profesión. En la Universidad de Navarra, p. ej., el profesor Pablo Blanco ha publicado ya varios estudios sobre su trayectoria y su obra teológica.

Aprovechando sus investigaciones podemos enmarcar la obra reciente de Benedicto XVI. Para el prof. Blanco, la teología del Papa actual se caracteriza por “la defensa de la racionalidad de la fe” en un contexto cultural que se encuentra lastrado principalmente por el subjetivismo y el relativismo. De manera especial este principio se pone de manifiesto en el estudio de las relaciones de la fe cristiana con las otras religiones, ya que allí donde el cristianismo parece representar una voz más entre otras, ofreciendo un camino hacia Dios como cualquier otra religión de la tierra, por no decir uno de los caminos más especiales que se conocen de la religión, en realidad, para la razón teológica, elevada por la fe, se descubre un horizonte lleno de sentido propio y central. La teología de Ratzinger, así entendida a juicio de sus comentadores, ha ido detrás de lo que podríamos llamar la “matriz universal de la religión”. Porque si hay una característica de la fe cristiana es su sintonía con la verdad, con la verdad del hombre y de Dios, y por lo tanto, con lo más abierto y pleno de la vida humana. Esta relación general y a la vez íntima ha sido suscitada por Dios mismo, y no puede ser objeto de transacción en el mundo relativista contemporáneo. (Para más datos de ello, ver el retrato teológico de P. Blanco en la revista Nuestro Tiempo). El cristianismo, con su singularidad religiosa, es el camino de la unión definitiva del hombre con Dios.

 

Imágenes de Jesús 

No estamos en condiciones de profundizar en estos análisis contemporáneos de la teología. Tan sólo necesitamos estas pinceladas que nos sitúan en la trayectoria intelectual de Benedicto XVI y, de modo especial, en su meditación de fondo sobre la fe. Ahora, señalado el fin de su preocupación teológica, se dan, creo yo, las condiciones de preguntarnos por el sentido del libro “Jesús de Nazareth”, culminación de toda esta carrera por pensar científicamente la fe. Las raíces concretas de este libro sobre Jesús –prescindiendo de otros principios más hondos- se pueden remontar al verano del año 1989, cuando en los Cursos de la Complutense en El Escorial, presentaba el entonces Prefecto de la Fe una ponencia sobre la situación de la Cristología en el fin de siglo, con el título un tanto periodístico de “Jesucristo, hoy” (Actas de la Complutense). Allí podemos leer cómo el teólogo Ratzinger, buen conocedor de la vanguardia intelectual, que había estado comprometido con la renovación de los decenios anteriores, pero que, por desgracia, ha comprobado la falsificación de la moneda divina en manos de los mercaderes de la teología, parece cansado de tantos intentos vanos. La crítica a la teología del momento es muy directa: en aras de una adecuación al mundo y sus ideologías -viene a decir-, la cristología ha perdido su gancho o mordiente redentora, es decir, ha dejado de ser significativa como “doctrina de salvación”. No nos convencen ya, dice, tantas imágenes de Jesús, que han aparecido en el pensamiento más reciente: unas por muy sentimentales: el Jesús, pietista; o retratado con categorías políticas: libertario o revolucionario; ni otras trasladadas de la tipología social: sea marxista, sea liberal, sea como figura que abandera a los pobres y marginados del mundo, y un largo etcétera de imágenes excesivamente acomodaticias al mundo de hoy. Es una crisis cristológica, crisis de la necesaria reflexión en el seno de la Iglesia, que no ha conducido a una meta clara y, por desgracia, puede haber dejado a tantos sin la esperanza de la salvación. La prueba, nos dice el autor, es que ni siquiera se entienden ya los conceptos más clásicos de la doctrina: sustitución, expiación, satisfacción...

La conferencia citada terminaba con una llamada a rescatar la figura de Jesús y no dejarse llevar por las modas, presentar una imagen auténtica del Señor, especialmente para los tiempos modernos o posmodernos, en que vivimos. A finales del año 2002 tuvimos la gracia de Dios de verle en nuestro país, abordando, dentro de un Simposio sobre el Documento Dominus Iesus, la problemática cristológica, otra vez. Fue en Murcia, en la “Universidad Católica”, con el telón de fondo de las religiones no cristianas, tema que configura no sólo el pensamiento sobre Jesús sino cada vez más toda la teología cristiana. También el pensamiento de Benedicto XVI, en estos años ha experimentado una profundización en esta dirección, aunque no es tarea para hoy abordarlo. En su intervención no tuvo empacho en acusar tanto a la teología liberal como a sus posteriores oponentes, desde Harnack hasta Bultmann, de haber dibujado un retrato de Jesús que, como consecuencia de su atención excesiva a los métodos científicos y positivos, resultaba muy vulnerable al relativismo religioso que hoy encontramos en la cultura ambiente. “Hay luces, pero no la Luz; palabras sobre Jesús, pero no la Palabra”, decía entonces el Cardenal Ratzinger. Seguramente no hay peor reproche para un teólogo, para un servidor de la Verdad con mayúsculas, en una palabra, para quien cree de verdad que las palabras de Jesús “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” en el Evangelio de san Juan (13, 11) son todavía sostenibles en el s. XXI.

 

Empezamos a tener las claves más inmediatas del libro que nos congrega aquí. Podríamos referirnos igualmente a la publicación de los Caminos de Jesucristo (año 2003) con alusiones a la paradoja de la Estética cristiana, muy en la línea de otros teólogos alemanes que han influido en su formación humana y espiritual. Pero, como explicaba él mismo a un teólogo español, el motivo por el que nace el libro es absolutamente personal, como un homenaje en cierto sentido a la repercusión que en su momento tuvo el libro de Guardini sobre Jesús, el famosísimo “El Señor”, que todos hemos podido leer y releer gracias a las recientes traducciones al español, en parte por toda esta historia de renovación teológica que venimos comentando. También Ratzinger, por entonces decano del colegio cardenalicio y lleno de esperanzas de concluir este libro, quería dejar como herencia duradera un libro sobre el sentido de su vida y de su servicio durante años y años a la teología. Un libro sobre Jesucristo que recogiera todo el progreso científico y personal del camino andado hasta entonces, con plena conciencia, además, de que es una de las tareas irrenunciables de la teología actual.

 

Necesitamos una religión

De los años 80 data una anécdota que el mismo Benedicto XVI que le movió interiormente a renovar los esfuerzos por presentar una cristología a la altura de la situación en que se encuentra una parte importante de la Iglesia. El escenario directo, sin embargo, es Sudamérica. De allí habían llegado dos obispos a Roma, y en la conversación sobre las dificultades pastorales salieron a colación los problemas con las sectas protestantes que habían desembarcado con gran fuerza y actividad en la diócesis. Al cardenal le impresionó el mensaje de un grupo de los conversos a las sectas porque se habían presentado ante el obispo para agradecerle las atenciones de tipo social de que hasta entonces habían gozado y, como para justificar la deserción del catolicismo, explicaron: “pero, compréndanos, además necesitamos de una religión”.

Ahora en su papel de Sumo Pontífice, Benedicto XVI publica este libro inacabado porque quiere de modo más patente aún ayudarnos a comprender el mensaje del Evangelio de Cristo sin adulteraciones de la época, aunque la época nos ayude también a nosotros a comprender ese mensaje. Pero es muy consciente, con la fuerza de la teología, de que el mensaje del Evangelio, en su verdad, será siempre nuevo. Este es un buen momento para citar a R. Schnackenburg, uno de los más conocidos exegetas católicos, a quien Benedicto XVI en su introducción presenta como el más importante de los alemanes en la segunda mitad del XX, y que sirve de punto de apoyo a muchas de las interpretaciones que se exponen en el libro. Citando su obra final, dedicada también a la investigación sobre Jesucristo y los Evangelios (La Persona de Jesucristo reflejada en los Cuatro Evangelios), Benedicto recoge el desánimo del exegeta que ha consagrado su vida a una pasión que se demuestra inútil: “los métodos histórico críticos” -se dice en la página 348 del libro citado y el Papa cita la cita en la Introducción-, no nos ofrecen “una visión fiable de la figura histórica de Jesús”. Las discusiones interminables en torno a los estratos de tradición o de redacción habían conducido al escepticismo exegético. Pero donde se hundía el método científico aparece entonces la seguridad de la fe en su misión y en su vida. Con Schnackenburg, Benedicto XVI piensa que es posible descubrir en medio del laberinto histórico de los Evangelios las verdaderas raíces interpretativas de cualquier texto: la profundidad del ser de Jesús en Dios. Con las palabras citadas en la Introducción: “Sin su enraizamiento en Dios, la figura de Jesús resulta vaga, irreal e inexplicable”.

 

Cómo leer los Evangelios

Comprobamos así que Benedicto, además de su interés por las obras teológicas sobre Jesús, quiere enlazar con la tradición exegética contemporánea que no se desmarca del dato de fe. A la exégesis de un Schnackenburg –y deberíamos citar el numeroso cuerpo de exegetas modernos y patrísticos a los que hace referencia en las páginas del libro, desde san Agustín hasta J. Jeremias, o desde W. Soloviev hasta el judío J. Neusner- la obra de Benedicto quiere sumar la progresión de la fe que ilustra el dato científico y lo salva en el conjunto de la interpretación. Es muy significativo el término que emplea en la introducción: “carne”. Revestir de carne a las interpretaciones áridas de la Escritura, a pesar de que, como explica en esas páginas, es el mismo Verbo, la Palabra divina la que se ha hecho carne, y no necesita en principio del teólogo para este cometido. La misma economía divina ha querido llenar de contenido salvífico y de vida humana su ser eterno. No obstante, la teología desempeña un papel importante porque consigue hacer creíble en el momento actual la Encarnación que revela la Escritura.

 

En breves pinceladas el capítulo introductorio del libro ofrece este sentido fundamental de la exégesis. Desde la Enc. Divino Afflante Spiritu, del año 1943, en que se abría a los exegetas católicos la posibilidad de usar los métodos críticos, hasta los más recientes documentos de la Pontificia Comisión Bíblica (años 1993 y 2001, sobre la interpretación en la Iglesia y sobre la relación con Israel, relativamente), la metodología científica, llamémosla así, es plenamente asumida en los trabajos teológicos, hasta el extremo de que sería implanteable otra forma de trabajar: “la fe misma lo exige”, dice el prólogo del libro. Ahora bien, los límites del método se han ido haciendo patentes también con el tiempo, y ahí están las afirmaciones contundentes de un Schnackenburg, p. ej., de las que también en un sentido participa Benedicto XVI: “Todo intento de conocer el pasado se queda en el nivel de hipótesis”, pues no hay forma de reproducir lo pasado en el presente, aunque haya, eso sí, hipótesis con un alto grado de probabilidad que es lo que nos permite asumir el método y afirmar en el conocimiento de la historia de Jesús (cita de la Introducción).

 

En este marco general aparece en América hace unos 30 años la corriente conocida como “Exégesis canónica”, a la que Benedicto saluda con agrado y parece vincularse en el espíritu aunque no literalmente. Sus presupuestos son parecidos a los que hemos señalado, haciendo un renovado esfuerzo por situar la interpretación de los textos en el conjunto de la Escritura. Es la misma Escritura la que interpreta sus textos, dando así validez a las investigaciones históricas. Pero la Escritura habla en un mundo vivo que es la Iglesia, así que en ningún momento queda la interpretación aislada de la corriente histórica que conocemos por Tradición. Allí tiene sentido el texto, allí se encuentra el Jesús de la historia, allí, como dice el prólogo, aparece una figura real del Jesús histórico que se revela como “sensata y convincente”.

 

La imagen teológica de Jesús, según Benedicto XVI

Recapitulemos. Benedicto XVI nos ofrece una imagen muy honda y veraz de la figura de Jesús, en la que podemos destacar, aun a falta de que el cuadro debe completarse, Dios lo quiera, más adelante, los siguientes elementos teológicos fundamentales:

 

1.     Ausencia de cualquier miedo en la aplicación de los métodos filológicos e históricos, siempre que se entiendan como lo que siempre serán, es decir, “medios” y no fines en la interpretación de los Evangelios. Bien aplicados y valorados coherentemente con los fines que persigue la exégesis, han ayudado a una comprensión más cercana de la figura de Jesús y de su misión en la tierra.

2.     Reconocimiento de los límites fundamentales de un lectura meramente técnica del Evangelio. No fueron escritos, como debería reconocer en todo momento el estudioso, como una obra literaria o histórica más, comparable a tantas otras de la historia de la literatura, aunque en sí se puedan considerar así. Su sentido no se agota en la palabra escrita, sino que remite a la Palabra hecha carne.

3.     La lectura de la Palabra de Dios, en el Espíritu y en la Iglesia, nos introduce en el misterio de Jesucristo, un misterio de carne y hueso, histórico, “congruente y lleno de sentido”. Gracias a esta dimensión fundamental los Evangelios son textos vivos, vivificados por el Espíritu y vivificantes para quien los lee.

4.     Por último, la figura histórica de Jesús, objeto central de la investigación. Si el Evangelio está vivo y su figura central es la persona de Jesús, no estamos hablando del personaje que fue y conocieron sólo los contemporáneos. Su misterio engloba la dimensión del entonces, lógicamente, pero incluye sobre todo la dynamis interna de la Revelación, que sólo se conoce en la vida misma, en su vida de unión al Padre y su participación de los demás. Por eso la historia ayuda, es incluso necesaria, pero no agota la riqueza del contenido. La figura histórica, con sus sombras, nos introduce en la historia de la vida, que es una historia interminable.

Modificado el ( lunes, 03 de diciembre de 2007 )
 
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